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Il fermo proposito

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Sobre la Acción Católica (En Italia)
11 de junio de 1905

Venerables Hermanos: Salud y Bendición apostólica:

1. La necesidad de la colaboración de cada miembro al cuerpo místico.

El firme propósito que, desde el principio de Nuestro Pontificado, concebimos de querer consagrar todas las fuerzas que la benignidad del Señor se digna concedernos a la restauración de todas las cosas en Cristo, despierta en Nuestro pecho suma confianza en la poderosa gracia de Dios, sin la cual es imposible pensar o emprender aquí en la tierra cosa alguna grande y fecunda para la salvación de las almas. Pero al mismo tiempo sentimos viva, como nunca, la necesidad de ser ayudados concorde y constantemente en la noble empresa por vosotros, Venerables Hermanos, llamados a una parte de Nuestro oficio pastoral, y por todos y cada uno de los clérigos y fieles confiados a vuestra solicitud. Todos, en verdad, estamos llamados a componer en la Iglesia de Dios aquel cuerpo único, cuya cabeza es Cristo; cuerpo apretadamente trabado, como enseña el Apóstol(1), y muy ensamblado en todas sus junturas comunicantes, y ello en virtud de la operación proporcionada de cada miembro, de donde precisamente el cuerpo mismo recibe su propio acrecentamiento, perfeccionándose poco a poco en el vínculo de la caridad. Y si en esta obra de edificación del cuerpo de Cristo(2) es Nuestro primer oficio el enseñar, el señalar el recto camino a seguir y proponer sus medios, así como amonestar y exhortar paternalmente, también es obligación de todos Nuestros hijos dilectísimos, esparcidos por el mundo, acoger Nuestras palabras, cumplirlas primero en sí mismo y ayudar eficazmente a que se cumplan en los demás, cada uno conforme a la gracia recibida de Dios, conforme a su estado y oficio, conforme al celo en que sienta inflamado su corazón.

I. LA ACCIÓN CATÓLICA EN GENERAL

2. Las asociaciones de de la Acción Católica ya existentes y las orientaciones ya dadas.

Solamente queremos traer aquí a la memoria aquellas múltiples obras de celo en bien de la Iglesia, de la sociedad civil y de las personas particulares, comúnmente designadas con el nombre de Acción Católica, que por la gracia de Dios florecen, en todas partes, y abundan también en nuestra Italia. Bien se os alcanza, Venerables Hermanos, en cuánta estima debemos tenerlas y cuan íntimamente anhelamos verlas afianzadas y promovidas. No sólo en varias ocasiones hemos tratado de ellas en conversaciones con alguno al menos de vosotros y con sus principales representantes en Italia, cuando Nos ofrecían personalmente el homenaje de su devoción y afecto filial; mas también Nos mismo publicamos acerca de este asunto o mandamos publicar con Nuestra autoridad diversos documentos, que ya conocéis. Verdad es que algunos de ellos, como lo requerían las circunstancias para Nos dolorosas, más bien se enderezaban a quitar de en medio obstáculos al desarrollo más expedito de la Acción Católica y condenar ciertas tendencias indisciplinadas que con grave menoscabo de la causa común se iban insinuando. Pero no veía Nuestro corazón la hora de deciros también a todos alguna palabra de paternal aliento y exhortación, con el fin de que en esta materia, libre ya —en lo que a Nos toca— de impedimentos, se prosiga edificando el bien y aumentándolo con toda amplitud. Gratísimo Nos es, por lo tanto, el hacerlo hoy por las presentes Letras para común consuelo, con la seguridad de que Nuestras palabras serán dócilmente oídas y obedecidas por todos.

a) Campo de la A. C.

3. Abarca toda la vida cristiana y procura bienes sobrenaturales.

Anchísimo es el campo de la Acción Católica, pues ella de suyo no excluye absolutamente nada de cuanto en cualquier modo, directa o indirectamente, pertenece a la divina misión de la Iglesia. Muy fácil es descubrir la necesidad del concurso individual a tan importante obra, no sólo en orden a la santificación de nuestras almas, sino también respecto a extender y dilatar más y más el Reino de Dios en los individuos, en las familias y en la sociedad, procurando cada cual, en la medida de sus fuerzas, el bien del prójimo con la divulgación de la verdad revelada, con el ejercicio de las cristianas virtudes y con las obras de de caridad o de misericordia espiritual o corporal. Este es aquel andar según Dios, a que nos exhorta San Pablo, de suerte que le agrademos en todo, produciendo frutos de buenas obras, y creciendo en la ciencia divina: „Para que andéis de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios(3).

4. Los bienes de orden natural.

Además de estos bienes, hay otros muchos que pertenecen al orden natural, a los que de por sí no está ordenada directamente la misión de la Iglesia, pero que también se derivan de ella como una natural consecuencia suya. Tan resplandeciente es la luz de la católica revelación, que esparce por todas las ciencias el fulgor de sus rayos; tanta la fuerza de las máximas evangélicas, que los preceptos de la ley natural se arraigan más hondamente y se fortifican; tan grande, en fin, es la eficacia de la verdad y de la moral enseñadas por Jesucristo, que aun el bienestar material de los individuos, de la familia y de la sociedad humana halla en ellas providencial apoyo y vigor. La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, escándalo y locura a los ojos del mundo(4), vino a ser la primera inspiradora y fautora de la civilización, y la difundió doquier que predicaran sus Apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando a la barbarie y adiestrando para la vida civil los nuevos pueblos, que se guarecían al amparo de su seno maternal, y dando a toda la sociedad, aunque poco a poco, pero con pasos seguros y siempre progresivos aquel sello tan realzado que conserva universalmente hasta el día de hoy. La civilización del mundo es civilización cristiana: tanto es más verdadera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más genuinamente cristiana; tanto más declina, con daño inmenso del bienestar social, cuanto más se sustrae a la idea cristiana. Así que aun por la misma fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia, de hecho, llegó a ser la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En este hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el público reconocimiento de la autoridad de la Iglesia en todo cuanto de algún modo toca a la conciencia, la sumisión de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, del Estado y de la Iglesia, en procurar de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciese quebranto.

b) Iglesia y civilización

5. Bienes de la sociedad impedidos.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué linaje de prosperidad y bienestar, de paz y concordia, de respetuosa sumisión a la autoridad y de acertado gobierno se lograría y florecería en el mundo, si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana. Mas, dada la guerra continua de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su plenitud. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más propende la humana sociedad a regirse por principios adversos al concepto cristiano, y, aun más, a apostatar totalmente de Dios.

6. Pese a las persecuciones la Iglesia logrará restaurarlo todo en Cristo.

No por eso hay que perder el ánimo. Sabe la Iglesia que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; mas tampoco ignora que habrá en el mundo opresiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. Pero la Iglesia marcha adelante imperturbable, y mientras propaga el reino de Dios en donde antes no se predicó, procura por todos medios el reparar las pérdidas sufridas en el reino ya conquistado. Restaurarlo todo en Cristo ha sido siempre su lema, y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no como quiera, sino en Cristo; lo que hay en el cielo y en la tierra, en El, agrega el Apóstol(5); restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, en la forma que hemos explicado, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de elementos que la constituyen.

c) Perennidad y variedad

7. Las fuerzas vivas de la Iglesia introducen un nuevo orden en todo.

Y por hacer alto en sola esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos, que precisamente se proponen el reunir y concentrar en uno todas sus fuerzas vivas, para combatir por todos los medios medios justos y legales contra la civilización anticristiana: reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana. como representante de la de Dios; tomar muy a pecho los intereses del pueblo, u particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo el el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con bien concertadas medidas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los fueros de Dios y los no menos sacrosantos derechos de la Iglesia.

8. El auxiliar organizado de la Iglesia: la Acción Católica.

El conjunto de todas estas obras, alentada y promovidas en gran parte por los seglares católicos y variamente trazadas conforme a las necesidades propias de cada nación y las circunstancias peculiares de cada país, es precisamente lo que con término más especial y ciertamente más noble suele llamarse Acción Católica o Acción de los Católicos. En todo tiempo se empleó ella en ser auxiliar de la Iglesia; auxilio, que la Iglesia acogió siempre con benignidad y bendijo, siquiera se haya desarrollado en muy diversos modos según eran los tiempos.

9. A nuevas necesidades, nuevos métodos y nuevos medios.

Conviene ya ahora notar que no todo lo que pudo ser útil y aun lo único eficaz en los siglos pasados sea posible restablecer hoy en la misma forma: radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que el cambio de circunstancias suscita continuamente. Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre y en todo caso, con toda claridad, que poseía una maravillosa virtud para adaptarse a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salva siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, salvos también sus sacratísimos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad. La piedad, dice San Pablo, es útil para todo, pues posee promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura(6). Por esto también, la Acción católica, aunque varía oportunamente en sus formas exteriores y en los medios que emplea, permanece siempre la misma en los principios que la dirigen y en el fin nobilísimo que pretende. Por lo tanto, para que al mismo tiempo sea verdaderamente eficaz, convendrá advertir con diligencia las condiciones que la misma impone, considerando bien su naturaleza y su fin.

d) El verdadero católico

10. La reforma fundamental es la de los cristianos mismos.

Ante todo ha de quedar bien grabado en lo más profundo del corazón que es inútil el instrumento, si no se ajusta a la obra que se trata de realizar. La Acción Católica (como consta con evidencia de los dicho), puesto que intenta restaurarlo todo en Cristo, constituye un verdadero apostolado a honra y gloria del mismo Cristo. Para bien cumplirlo, se requiere la gracia divina, la cual no se otorga al apóstol que no viva unido con Cristo. Sólo cuando hayamos formado la imagen de Cristo en nosotros, entonces podremos con facilidad comunicarla, a nuestra vez, a las familias y a la sociedad. Por cuya causa, los llamados a dirigir o los dedicados a promover el movimiento católico han de ser católicos a toda prueba, convencidos de su fe, sólidamente instruidos en las cosas de religión, sinceramente obedientes a la Iglesia y en particular a esta Suprema Cátedra Apostólica y al Vicario, de piedad genuina, de firmes virtudes, de costumbres puras, de vida tan intachable que a todos sirvan de eficaz ejemplo. Si así no está templado el ánimo, no sólo será difícil que promueva el bien los demás, sino que le será casi imposible proceder con rectitud de intención, y le faltarán fuerzas para sobrellevar con perseverancia los desalientos que lleva consigo todo apostolado, las calumnias de los adversarios, la frialdad y poca correspondencia aún de los hombres de bien, a veces hasta las envidias de los amigos y compañeros de acción, excusables sin género de duda, dada la flaqueza de la humana condición, pero no menos perjudiciales, y causa de discordias, de conflictos, de domésticas disensiones. Sólo una virtud, paciente y firme en el bien, y al mismo tiempo dulce y delicada, es capaz de desviar o disminuir estas dificultades, de modo que la empresa a que se consagran las fuerzas católicas no se ponga en peligro. Tal es la voluntad de Dios, decía San Pedro a los primitivos fieles, que obrando bien tapéis la boca a los hombres ignorantes: „Tal es la voluntad de Dios, que, obrando el bien, amordacemos la ignorancia de los hombres insensatos” (7).

e) Límites de la A. C.

11. La Acción Católica debe emprender obras morales y materiales de trascendencia social.

Importa, además, precisar bien las empresas en que se han de emplear con toda energía y constancia las fuerzas católicas. Deben ser de tan evidente importancia, tan adecuadas a las necesidades de la sociedad actual, tan conformes a los intereses morales y materiales, especialmente del pueblo y de las clases desheredadas, que al paso que excitan fervorosos alientos en los promovedores de la Acción Católica por el copioso y seguro provecho que de suyo prometen, sean, al mismo tiempo, fácilmente comprendidas y bien acogidas por todos. Precisamente, porque los graves problemas de la vida social moderna exigen una solución pronta y segura, se despierta en todos un vivísimo anhelo de saber y conocer los varios modos de proponer aquellas soluciones en la práctica. Las discusiones en uno u otro sentido se multiplican hoy cada vez más y se propagan fácilmente mediante la prensa. Es, por lo tanto, de perentoria necesidad que la Acción Católica, aprovechándose del momento oportuno, saliendo a la palestra con gallardía, presente su solución y la haga valer con una propaganda firme, activa, inteligente, disciplinada, tal que directamente se oponga a la propaganda de los enemigos. Es de todo punto imposible que la bondad y la justicia de los principios cristianos, la recta moral profesada por los católicos, el pleno desinterés de las cosas propias, no deseando clara y sinceramente sino el verdadero, sólido y supremo bien del prójimo, en fin, la evidente capacidad de promover mejor que otros los verdaderos intereses económicos del pueblo; es imposible, repitámoslo, que estos motivos no hagan mella en el entendimiento y corazón de cuantos los oyen, y no acrecienten las filas, hasta formar un ejército fuerte y compacto, dispuesto a resistir valientemente a la corriente contraria, y hacerse respetar por el enemigo.

12. Soluciones prácticas de la cuestión social.

Esta suprema necesidad la advirtió muy bien Nuestro Predecesor, de s. m., León XIII, cuando señaló, especialmente en la memorable encíclica Rerum novarum y en otros documentos posteriores, la materia sobre la que debía versar principalmente la Acción católica, esto es, la solución práctica, conforme a los principios cristianos, de la cuestión social. Siguiendo Nos estas prudentes normas, por Nuestro Motu Proprio del 18 de diciembre de 1903, dimos a la Acción Popular Cristiana, que abraza en sí todo el movimiento social católico, un ordenamiento fundamental que fuese la regla práctica del trabajo común y el lazo de la concordia y caridad. Aquí, pues, y para este fin santísimo y urgentísimo, han de agruparse y solidarizarse todas las obras católicas, variadas y múltiples en la forma, pero todas igualmente enderezadas a promover con eficacia el mismo bien social.

13. Concordia en las obras sociales.

Mas a fin de que esta Acción social se mantenga y prospere con la debida cohesión de las varias obras que la componen, importa sobremanera que los católicos procedan con ejemplar concordia entre sí; la cual, por otra parte, no se logrará jamás, si no hay en todos unidad de propósitos. Sobre esta necesidad no puede haber ningún linaje de duda; tan claros y evidentes son los documentos dados por esta Cátedra Apostólica, tan viva es la luz que han derramado con sus escritos los más insignes católicos de todos los países; tan loable es el ejemplo, que muchas veces aun Nos mismos hemos propuesto, de católicos de otras naciones, los cuales, precisamente por esta cabal concordia y unidad de inteligencia, en corto tiempo alcanzaron frutos fecundos y muy consoladores.

NOTAS
(*) A. S. S. 37 (1904-95) 741-765.
(1) Eph. 4, 16.
(2) Eph. 4, 12.
(3) Col. 1, 10.
(4) I Cor. 1, 23.
(5) Eph. 1, 10.
(6) I Tim. 4, 8.
(7) I Pet. 2, 15.

Il fermo proposito

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LETTERA ENCICLICA
IL FERMO PROPOSITO
DEL SOMMO PONTEFICE
PIO X AI VENERABILI FRATELLI PATRIARCHI
PRIMATI ARCIVESCOVI VESCOVI
E AGLI ALTRI ORDINARI
AVENTI CON L’APOSTOLICA SEDE
PACE E COMUNIONE

Diretta ai Vescovi d’Italia per l’istituzione e lo sviluppo dell’Azione Cattolica,
associazione laica per la propaganda cattolica religiosa nel mondo profano

VENERABILI FRATELLI
SALUTE E APOSTOLICA BENEDIZIONE

Il fermo proposito, che fin dai primordi del Nostro Pontificato abbiamo concepito, di voler consacrare tutte le forze che la benignità del Signore si degna concederCi alla restaurazione di ogni cosa in Cristo, Ci risveglia nel cuore una grande fiducia nella potente grazia di Dio, senza la quale nulla di grande e di fecondo per la salute delle anime possiamo pensare od imprendere quaggiù. Nello stesso tempo però sentiamo più che mai vivo il bisogno di essere secondati unanimemente e costantemente nella nobile impresa da voi, Venerabili Fratelli, chiamati a parte dell’ufficio Nostro pastorale, da ognuno del Clero e dei singoli fedeli alle vostre cure commessi. Tutti in vero nella Chiesa di Dio siamo chiamati a formare quell’unico corpo, il cui capo è Cristo: corpo strettamente compaginato, come insegna l’Apostolo Paolo (Eph. IV, 16), e ben commesso in tutte le sue giunture comunicanti, e questo in virtù dell’operazione proporzionata di ogni singolo membro, onde il corpo stesso prende l’aumento suo proprio e di mano in mano si perfeziona nel vincolo della carità. E se in quest’opera di „edificazione Corpo di Cristo” (Eph. IV, 12) è Nostro primo ufficio d’insegnare, additare il retto modo da seguire e proporne i mezzi, di ammonire ed esortare paternamente, è altresì dovere di tutti i Nostri figliuoli dilettissimi, sparsi pel mondo, di accogliere le parole Nostre, di attuarle dapprima in se stessi e di concorrere efficacemente ad attuarle eziandio negli altri, ciascuno secondo la grazia da Dio ricevuta, secondo il suo stato ed ufficio, secondo lo zelo che ne infiamma il cuore.

Qui vogliamo soltanto ricordare quelle molteplici opere di zelo in bene della Chiesa, della società e degli individui particolari, comunemente designati col nome di azione cattolica, che fioriscono per grazia di Dio in ogni luogo e che abbondano altresì nella nostra Italia. Voi ben intendete, Venerabili Fratelli, quanto esse Ci debbano tornar care e quanto intimamente bramiamo di vederle rassodate e promosse. Non solo a più riprese ne abbiamo trattato a voce con parecchi almeno di voi, e col principali loro rappresentanti in Italia nell’occasione che essi Ci recavano in persona l’omaggio della loro devozione e del loro affetto filiale, ma altresì pubblicando Noi su questo argomento o facendo pubblicare con la Nostra Autorità vari Atti, che tutti già conoscete. Vero è che alcuni di questi, come richiedevano le circostanze per Noi dolorose, erano piuttosto diretti a rimuovere gli ostacoli al più spedito procedere dell’azione cattolica e a condannare certe tendenze indisciplinate, che con grave danno della causa comune si andavano insinuando. Però Ci tardava il cuore di rivolgere a tutti eziandio una parola di paterno conforto e di eccitamento acciocché sul terreno, per quanto è da Noi, sgombro dagli impedimenti, si continui ad edificare il bene e ad accrescerlo largamente. Ci è dunque ben grato di farlo ora con le presenti Nostre Lettere a comune consolazione, nella certezza che le parole Nostre saranno da tutti dolcemente ascoltate e seguite.

Vastissimo è il campo dell’azione cattolica, la quale per sé medesima non esclude assolutamente nulla di quanto, in qualsiasi modo, diretto od indiretto, appartiene alla divina missione della Chiesa. Di leggieri si riconosce la necessità del concorso individuale a tant’opera, non solo per la santificazione delle anime nostre, ma anche per diffondere e sempre meglio dilatare il Regno di Dio negli individui, nelle famiglie e nella società, procurando ciascuno, secondo le proprie forze, il bene del prossimo con la diffusione della verità rivelata, con l’esercizio delle virtù cristiane e con le opere di carità o di misericordia spirituale e corporale. Questo è il camminare degno di Dio, a che ci esorta San Paolo, così da piacergli in ogni cosa, producendo frutti di ogni opera buona e crescendo nella scienza di Dio: „Ut ambuletis digne Deo per omnia placentes: in omni opere bono fructificantes et crescentes in scentia Dei” (Coloss. I, 10).

Oltre a questi però v’è un gran numero di beni appartenenti all’ordine naturale a cui la missione della Chiesa non è direttamente ordinata, ma che pure sgorgano dalla medesima, quasi naturale sua conseguenza. Tanta è la luce della Rivelazione cattolica, che si diffonde vivissima su ogni scienza; tanta la forza delle massime evangeliche, che i precetti della legge naturale si radicano più sicuri ed ingagliardiscono; tanta infine l’efficacia della verità e della morale insegnate da Gesù Cristo, che lo stesso benessere materiale degli individui, della famiglia e della società umana si trova provvidenzialmente sostenuto e promosso. La Chiesa, pure predicando Gesù Cristo crocifisso, scandalo e stoltezza innanzi al mondo (I Cor. I, 23), è divenuta ispiratrice e fautrice primissima di civiltà; e la diffusione per tutto dove predicavano i suoi apostoli, conservando e perfezionando gli elementi buoni delle antiche civiltà pagane, strappando dalla barbarie ed educando a civile consorzio i nuovi popoli che al suo seno materno si rifugiavano, diede all’intera società, bensì a poco a poco, ma con tratto sicuro e sempre più progressivo, quell’impronta tanto spiccata, che ancora oggi universalmente conserva. La civiltà del mondo è civiltà cristiana; tanto è più vera, più durevole, più feconda di frutti preziosi, quanto è più nettamente cristiana; tanto declina, con immenso danno del bene sociale, quanto all’idea cristiana si sottrae. Onde, per la forza intrinseca delle cose, la Chiesa divenne anche di fatto custode e vindice della civiltà cristiana. E tale fatto in altri secoli della storia fu riconosciuto e ammesso; formò anzi il fondamento inconcusso delle legislazioni civili. Su quel fatto poggiarono le relazioni tra la Chiesa e gli Stati, il pubblico riconoscimento dell’autorità della Chiesa nelle materie tutte che toccano in qualsivoglia modo la coscienza, la subordinazione di tutte le leggi dello Stato alle divine leggi del Vangelo, la concordia dei due poteri dello Stato e della Chiesa, nel procurare in tal modo il bene temporale dei popoli, che non ne abbia a soffrire l’eterno.

Non abbiamo bisogno di dirvi, o Venerabili Fratelli, quale prosperità e benessere, quale pace e concordia, quale rispettosa soggezione all’autorità e quale eccellente governo si otterrebbero e si manterrebbero nel mondo, se si potesse attuare ovunque il perfetto ideale della civiltà cristiana. Ma posta la lotta continua della carne contro lo spirito, delle tenebre contro la luce, di Satana contro Dio, tanto non è da sperare, almeno nella sua piena misura. Onde continui strappi si vanno facendo alle pacifiche conquiste della Chiesa, tanto più dolorosi e funesti, quanto più la società umana tende a reggersi con principi avversi al concetto cristiano, anzi ad apostatare interamente da Dio.

Non per questo è da perdere punto il coraggio. La Chiesa sa che le porte dell’inferno non prevarranno contro di lei; ma sa ancora che avrà nel mondo premura, che i suoi apostoli sono inviati come agnelli tra lupi, che i suoi seguaci saranno sempre coperti d’odio e di disprezzo, come d’odio e di disprezzo fu saturato il divino suo Fondatore. La Chiesa va quindi innanzi imperterrita, e mentre diffonde il Regno di Dio là dove non fu peranco pregiudicato, si studia per ogni maniera di riparare alle perdite nel Regno già conquistato. „Restaurare tutto in Cristo” è stata sempre la divisa della Chiesa, ed è particolarmente la Nostra nei trepidi momenti che traversiamo. Ristorare ogni cosa, non in qualsivoglia modo, ma in Cristo: „in Lui, tutte le cose che sono in Cielo ed in terra”, soggiunse l’Apostolo (Eph. I, 10): ristorare in Cristo non solo ciò che appartiene propriamente alla divina missione della Chiesa di condurre le anime a Dio, ma anche ciò che, come abbiamo spiegato, da quella divina missione spontaneamente deriva, la civiltà cristiana nel complesso di tutti e singoli gli elementi che la costituiscono.

E poiché Ci fermiamo a quest’ultima sola parte della restaurazione desiderata, voi vedete, o Venerabili Fratelli, di quanto aiuto tornano alla Chiesa quelle schiere elette di cattolici che si propongono appunto di riunire insieme tutte le forze vive, a fine di combattere con ogni mezzo giusto e legale la civiltà anticristiana, riparare per ogni modo i disordini gravissimi che da quella derivano; ricondurre Gesù Cristo nella famiglia, nella scuola, nella società; ristabilire il principio dell’autorità umana come rappresentante di quella di Dio; prendere sommamente a cuore gli interessi del popolo e particolarmente del ceto operaio ed agricolo, non solo istillando nel cuore di tutti il principio religioso, unico vero fonte di consolazione nelle angustie della vita, ma studiandosi di rasciugarne le lacrime, di raddolcirne le pene, di migliorare la condizione economica con ben condotti provvedimenti; adoperarsi quindi perché le pubbliche leggi siano informate a giustizia, e si correggano o vadano soppresse quelle che alla giustizia si oppongono: difendere infine e sostenere con animo veramente cattolico i diritti di Dio in ogni cosa e quelli non meno sacri della Chiesa.

Il complesso di tutte queste opere sostenute e promosse in gran parte dal laicato cattolico e variamente ideate a seconda dei bisogni propri di ogni nazione e delle circostanze particolari in cui versa ogni paese, è appunto quello che con termine più particolare e certo nobile assai suoi essere chiamato azione cattolica, ovvero azione dei cattolici. Essa in tutti i tempi venne sempre in aiuto della Chiesa, e la Chiesa tale aiuto ha sempre accolto favorevolmente e benedetto, sebbene a seconda dei tempi si sia variamente esplicato.

Ed è infatti da notare qui subito, che non tutto ciò che potrà essere stato utile, anzi unicamente efficace nei secoli andati, torna oggi possibile restituire allo stesso modo: tanti sono i cangiamenti radicali che col correre dei tempi s’insinuano nella società o nella vita pubblica, e tanti i nuovi bisogni che le circostanze cambiate vanno di continuo suscitando. Ma la Chiesa nel lungo corso della sua storia ha sempre ed in ogni caso dimostrato luminosamente di possedere una meravigliosa virtù di adattamento alle variabili condizioni del consorzio civile, talché, salva sempre l’integrità e l’immutabilità della fede e della morale, e salvi egualmente i sacrosanti suoi diritti, facilmente si piega e si accomoda in tutto ciò che è contingente ed accidentale alle vicende dei tempi ed alle nuove esigenze della società. La pietà, dice San Paolo, a tutto si acconcia possedendo le promesse divine, così per i beni della vita presente, come per quelli della vita futura. „Pietas autem ad omnia utilis est, promissionem habens vitæ, quæ nunc est, et futuræ” (I Tim. IV, 8). E però anche l’azione cattolica, se opportunamente cambia nelle sue forme esterne e nei mezzi che adopera, rimane sempre la stessa nei principi che la dirigono e nel fine nobilissimo che si propone. Perché poi nello stesso tempo torni veramente efficace, converrà diligentemente avvertire le condizioni che essa medesima impone, se ben si considerino la sua natura ed il suo fine.

Anzitutto dov’essere altamente radicato nel cuore che lo strumento vien meno, se non è acconcio all’opera che si vuol eseguire. L’azione cattolica (come si ritrae ad evidenza dalle cose anzidette) poiché si propone di ristorare ogni cosa in Cristo, costituisce un vero apostolato ad onore e gloria di Cristo stesso. Per bene compierlo ci vuole la grazia divina, e questa non si dà all’apostolo che non sia unito a Cristo. Solo quando avremo formato Gesù Cristo in noi, potremo più facilmente ridonarlo alle famiglie, alla società. E però quanti sono chiamati a dirigere o si dedicano a promuovere il movimento cattolico devono essere cattolici a tutta prova, convinti della loro fede, sodamente istruiti nelle cose della Religione, sinceramente ossequienti alla Chiesa ed in particolare a questa suprema Cattedra Apostolica ed al Vicario di Gesù Cristo in terra; di pietà vera, di maschie virtù, di puri costumi e di vita così intemerata che tornino a tutti di esempio efficace. Se l’animo non è così temprato, non solo sarà difficile promuovere negli altri il bene, ma sarà quasi impossibile procedere con rettitudine d’intenzione e mancheranno le forze per sostenere con perseveranza le noie che reca seco ogni apostolato, le calunnie degli avversari, le freddezze e la poca corrispondenza degli uomini anche dabbene, talvolta perfino le gelosie degli amici e degli stessi compagni di azione, scusabili senza dubbio, posta la debolezza dell’umana natura, ma pure grandemente pregiudizievoli e causa di discordie, di attriti, di domestiche guerricciuole. Solo una virtù paziente e ferma nel bene, e nello stesso tempo soave e delicata, è capace di rimuovere o diminuire questa difficoltà, così che l’opera a cui sono dedicate le forze cattoliche non ne vada compromessa. Tale è la volontà di Dio, diceva San Pietro ai primitivi fedeli, che col ben fare chiudiate la bocca agli uomini stolti. „Sic est voluntas Dei, ut bene facientes obmutescere faciatis imprudentium hominum ignorantiam” (I Petr. II, 15).

Importa inoltre ben definire le opere intorno alle quali si devono spendere con ogni energia e costanza le forze cattoliche. Quelle opere devono essere di così evidente importanza, così rispondenti ai bisogni della società odierna, così acconce agli interessi morali e materiali, soprattutto del popolo e delle classi diseredate, che mentre infondono ogni migliore alacrità dei promotori dell’azione cattolica pel grande e sicuro frutto che da sé medesime promettono, siano insieme da tutti e facilmente comprese ed accolte volonterosamente. Appunto perché i gravi problemi della vita odierna sociale esigono una soluzione pronta e sicura, si desta in tutti il più vivo interesse di sapere e conoscere i vari modi onde quelle soluzioni si propongono in pratica. Le discussioni in un senso o nell’altro si moltiplicano ogni dì più e si propagano facilmente per mezzo della stampa. È quindi supremamente necessario che l’azione cattolica colga il momento opportuno, si faccia innanzi coraggiosa e proponga anch’essa la soluzione sua e la faccia valere con propaganda ferma, attiva, intelligente, disciplinata, tale che direttamente si opponga alla propaganda avversaria. La bontà e giustizia dei principi cristiani, la retta morale che professano i cattolici, il pieno disinteresse delle cose proprie non altro apertamente e sinceramente bramando che il vero, il solo, il supremo bene altrui, infine l’evidente loro capacità di promuovere meglio degli altri anche i veri interessi economici del popolo, è impossibile non facciano breccia sulla mente e sul cuore di quanti ascoltano e non ne aumentino le file, fino a renderli un corpo forte e compatto, capace di resistere gagliardamente alla contraria corrente e di tenere in rispetto gli avversari.

Tale supremo bisogno avvertì pienamente il Nostro Antecessore di b. m. Leone XIII, additando soprattutto nella memoranda Enciclica „Rerum Novarum” ed in altri documenti posteriori, l’oggetto intorno al quale precipuamente doveva svolgersi l’azione cattolica, cioè „la pratica soluzione a seconda dei principi cristiani della questione sociale”. Noi pure, seguendo così sapienti norme, col Nostro Motu proprio del 18 Dicembre 1903 abbiamo dato all’azione popolare cristiana, che in sé comprende tutto il movimento cattolico sociale, un ordinamento fondamentale che fosse quasi la regola pratica del lavoro comune ed il vincolo della concordia e della carità. Qui dunque ed a questo scopo santissimo e necessarissimo devono anzitutto aggrupparsi e solidarsi le opere cattoliche, varie e molteplici nella forma, ma tutte egualmente intese a promuovere con efficacia il medesimo bene sociale.

Ma perché quest’azione sociale si mantenga e prosperi con la necessaria coesione delle varie opere che la compongono è soprammodo importante che i cattolici procedano con esemplare concordia tra loro; la quale per altro non si otterrà mai, se non vi ha in tutti unità di intendimenti. Su tale necessità non può cadere dubbio di sorta alcuna; tanto chiari ed aperti sono gli insegnamenti dati da questa Cattedra Apostolica, tanta la viva luce che vi hanno sparso intorno coi loro scritti i più insigni tra’ cattolici d’ogni paese, tanto lodevole esempio che più volte, anche da Noi medesimi, si è proposto ai cattolici di altre nazioni, i quali appunto per questa concordia ed unità di intendimenti, in breve tempo hanno ottenuto frutti fecondi e assai consolanti.

Ad assicurarne poi il conseguimento, tra le varie opere degne egualmente di lode, si è dimostrata altrove singolarmente efficace un’istituzione di carattere generale, che col nome di Unione popolare è destinata ad accogliere i cattolici di tutte le classi sociali, ma specialmente le grandi moltitudini del popolo intorno ad un solo centro comune di dottrina, di propaganda e di organizzazione sociale. Essa infatti, poiché risponde ad un bisogno egualmente sentito quasi in ogni paese, e poiché la sua semplice costituzione risulta dalla natura stessa delle cose quali egualmente per tutto s’incontrano, non può dirsi che sia propria più di una nazione che di un’altra, ma di tutte, dove si manifestano gli stessi bisogni e sorgono i medesimi pericoli. La sua grande popolarità la rende facilmente cara ed accettevole e non disturba né impedisce alcun’altra istituzione ma piuttosto a tutte le istituzioni dà forza e compattezza poiché con la sua organizzazione strettamente personale sprona gli individui a entrare nelle istituzioni particolari, li addestra al lavoro pratico e veramente proficuo, ed unisce gli animi di tutti in un unico sentire e volere.

Stabilito così codesto centro sociale, tutte le altre istituzioni d’indole economica, destinate a risolvere praticamente e sotto i vari suoi aspetti il problema sociale, si trovano come spontaneamente raggruppate insieme nel fine generale che le unisce, mentre pure, a seconda dei vari bisogni a cui si applicano, prendono forme diverse e diversi mezzi adoperano, come richiede lo scopo particolare proprio di ciascuna. E qui Ci torna ben caro di esprimere la Nostra soddisfazione pel molto che in questa parte si è già fatto in Italia, con certa speranza che, posto l’aiuto divino, si faccia ancora assai più nell’avvenire, rassodando il bene ottenuto e dilatandolo con zelo sempre più crescente. Nel che si rese grandemente benemerita l’Opera dei Congressi e Comitati Cattolici, grazie all’attività intelligente degli uomini esimi che la dirigevano, e che a quelle particolari istituzioni furono preposti o le dirigono tuttora. E però tale centro od unione di opere d’indole economica, come fu da Noi espressamente conservata al cessare dell’anzidetta Opera dei Congressi, così dovrà continuare anche in seguito sotto la solerte direzione di coloro che le sono preposti.

Contuttociò, perché l’azione cattolica sia efficace sotto ogni rispetto, non basta che essa sia proporzionata ai bisogni sociali odierni; conviene ancora che si faccia valere con tutti quei mezzi pratici, che le mettono oggi in mano il progresso degli studi sociali ed economici, l’esperienza già fatta altrove, le condizioni del civile consorzio, la stessa vita pubblica degli Stati. Altrimenti si corre rischio di andare tentoni lungo tempo in cerca di cose nuove e mal sicure, mentre le buone e certe si hanno in mano ed hanno fatto già ottima prova; ovvero di proporre istituzioni e metodi propri forse di altri tempi, ma oggi non intesi dal popolo, ovvero infine di arrestarsi a mezza via non servendosi, nella misura pur concessa, di quei diritti cittadini che le odierne costituzioni civili offrono a tutti e quindi anche ai cattolici. E per fermarsi a quest’ultimo punto, certo è che l’odierno ordinamento degli Stati offre indistintamente a tutti la facoltà di influire sulla pubblica cosa, ed i cattolici, salvo gli obblighi imposti dalla legge di Dio e dalle prescrizioni della Chiesa, possono con sicura coscienza giovarsene, per mostrarsi idonei al pari, anzi meglio degli altri, di cooperare al benessere materiale civile del popolo ed acquistarsi così quell’autorità e quel rispetto che rendano loro possibile eziandio di difendere e promuovere i beni più alti, che sono quelli dell’anima.

Quei diritti civili sono parecchi e di vario genere, fino a quello di partecipare direttamente alla vita politica del paese rappresentando il popolo nelle aule legislative. Ragioni gravissime Ci dissuadono, Venerabili Fratelli, dallo scostarsi da quella norma già decretata dal Nostro Antecessore di s. m. Pio IX e seguita poi dall’altro Nostro Antecessore di s. m. Leone XIII durante il diuturno suo Pontificato, secondo la quale rimane in genere vietata in Italia la partecipazione dei cattolici al potere legislativo. Sennonché altre ragioni parimenti gravissime, tratte dal supremo bene della società, che ad ogni costo deve salvarsi, possono richiedere che nei casi particolari si dispensi dalla legge, specialmente quando voi, Venerabili Fratelli, ne riconosciate la stretta necessità pel bene delle anime e dei supremi interessi delle vostre Chiese e ne facciate dimanda.

Ora la possibilità di questa benigna concessione Nostra induce il dovere nei cattolici tutti di prepararsi prudentemente e seriamente alla vita politica, quando vi fossero chiamati. Onde importa assai, che quella stessa attività, già lodevolmente spiegata dai cattolici per prepararsi con una buona organizzazione elettorale alla vita amministrativa dei Comuni e dei Consigli provinciali, si estenda altresì a prepararsi convenientemente e ad organizzarsi per la vita politica, come fu opportunamente raccomandato con la circolare del 3 dicembre 1904 alla Presidenza generale delle Opere economiche in Italia. Nello stesso tempo dovranno inculcarsi e seguirsi in pratica gli altri principi che regolano la coscienza di ogni vero cattolico. Deve egli ricordarsi sopra ogni cosa di essere in ogni circostanza e di apparire veramente cattolico, accedendo agli offici pubblici ed esercitandoli col fermo e costante proposito di promuovere a tutto potere il bene sociale ed economico della Patria e particolarmente del popolo, secondo le massime della civiltà spiccatamente cristiana e di difendere insieme gli interessi della Chiesa, che sono quelli della Religione e della giustizia.

Tali sono, Venerabili Fratelli, i caratteri, l’oggetto e le condizioni dell’azione cattolica, considerata nella parte sua più importante, che è la soluzione della questione sociale, degna quindi che vi si applichino con la massima energia e costanza tutte le forze cattoliche. Il che però non esclude che si favoriscano e si promuovano anche altre opere di vario genere, di diversa organizzazione, ma tutte egualmente destinate a questo o quel bene particolare della società e del popolo ed a rifiorimento della civiltà cristiana sotto vari determinati aspetti. Sorgono esse per lo più grazie allo zelo di particolari persone e si diffondono nelle singole diocesi e talvolta si aggruppano in federazioni più estese. Ora, sempreché sia lodevole il fine che si propongono, siano fermi i principi cristiani che seguono e giusti i mezzi che adoperano, sono anch’esse da lodare e incoraggiare per ogni modo. E si dovrà lasciare loro una certa libertà di organizzazione, non essendo possibile, che dove più persone convengono insieme, si modellino tutte in medesimo stampo e si accentrino sotto un’unica direzione. L’organizzazione poi deve sorgere spontanea dalle opere stesse, altrimenti si avranno edifici bene architettati, ma privi di fondamento reale e perciò al tutto effimeri. Conviene pure tener conto dell’indole delle singole popolazioni. Altri usi, altre tendenze si manifestano in luoghi diversi. Quel che importa è che si lavori su buon fondamento, con sodezza di principi, con fervore e costanza, e se questo si ottiene, il modo e la forma che prendono le varie opere, sono e rimangono accidentali.

Per rinnovare ed infine accrescere in tutte indistintamente le opere cattoliche l’alacrità necessaria, e per offrire occasione ai promotori e ai membri delle medesime di vedersi e conoscersi scambievolmente, di stringere sempre meglio i vincoli della carità fraterna fra loro, d’animarsi l’un l’altro con zelo sempre più ardente all’azione efficace e di provvedere alla migliore solidità e diffusione delle opere stesse, gioverà mirabilmente il celebrare di tempo in tempo, secondo le norme già date da questa Santa Sede, i Congressi generali e parziali dei cattolici italiani, che devono essere la solenne manifestazione della fede cattolica e la festa comune della concordia e della pace.

Ci resta a toccare, Venerabili Fratelli, di un altro punto di somma importanza, ed è la relazione che tutte le opere dell’azione cattolica devono avere rispetto all’Autorità ecclesiastica. Se bene si considerano le dottrine che siamo andati svolgendo nella prima parte di queste Nostre Lettere, si conchiuderà di leggieri, che tutte quelle opere che direttamente vengono in sussidio del ministero spirituale pastorale della Chiesa e che si propongono un fine religioso in bene diretto delle anime, devono in ogni menoma cosa essere subordinate all’autorità dei Vescovi, posti dallo Spirito Santo a reggere la Chiesa di Dio nelle diocesi loro assegnate. Ma anche le altre opere, che, come abbiamo detto, sono precipuamente istituite a ristorare e promuovere in Cristo la vera civiltà cristiana e che costituiscono nel senso spiegato l’azione cattolica, non si possono per niun modo concepire indipendenti dal consiglio e dall’alta direzione dell’Autorità ecclesiastica, specialmente poi in quanto devono tutte informarsi ai principi della dottrina e della morale cristiana; molto meno è possibile concepirle in opposizione più o meno aperta con la medesima Autorità. Certo è che tali opere, posta la natura loro, si debbono muovere con la conveniente ragionevole libertà, ricadendo sopra di loro la responsabilità dell’azione, soprattutto poi negli affari temporali ed economici ed in quelli della vita pubblica amministrativa o politica, alieni dal ministero puramente spirituale. Ma poiché i cattolici alzano sempre la bandiera di Cristo, per ciò stesso alzano la bandiera della Chiesa, ed è quindi conveniente che la ricevano dalle mani della Chiesa, che la Chiesa ne vigili l’onore immacolato e che a questa materna vigilanza i cattolici si sottomettano, docili ed amorevoli figliuoli.

Per la qual cosa appare manifesto quanto fossero sconsigliati coloro, pochi invero, che qui in Italia e sotto i Nostri occhi vollero accingersi a una missione che non ebbero da Noi, né da alcun altro dei Nostri Fratelli nell’episcopato, e si fecero a promuoverla, non solo senza il debito ossequio all’Autorità, ma perfino apertamente contro il volere di lei, cercando di legittimare la loro disobbedienza con frivole distinzioni. Dicevano anch’essi di alzare in nome di Cristo un vessillo; ma tal vessillo non poteva essere di Cristo, perché non recava tra le sue pieghe la dottrina del divin Redentore, che anche qui ha la sua applicazione: „Chi ascolta voi, ascolta me; e chi disprezza voi, disprezza me” (Luc. X, 16); „Chi non è meco è contro di me; e chi meco non raccoglie, disperde” (Ib. XI, 23), dottrina dunque di umiltà, di sommissione, di filiale rispetto. Con estremo rammarico del Nostro cuore abbiamo dovuto condannare una simile tendenza ed arrestare autorevolmente il moto pernicioso che già si andava formando. E tanto maggiore era il dolor Nostro, perché vedevamo incautamente trascinati per così falsa via buon numero di giovani a Noi carissimi, molti dei quali di eletto ingegno, di fervido zelo, capaci di operare efficacemente il bene, ove siano rettamente guidati.

Mentre però additiamo a tutti la retta norma dell’azione cattolica, non possiamo dissimulare, Venerabili Fratelli, il pericolo non lieve al quale, per la condizione dei tempi, si trova oggi esposto il Clero; ed è di dare soverchia importanza agli interessi materiali del popolo, trascurando quelli ben più gravi del sacro suo ministero.

Il sacerdote, elevato sopra gli altri uomini per compiere la missione che tiene da Dio, deve mantenersi egualmente al disopra di tutti gli umani interessi, di tutti i conflitti, di tutte le classi della società. Il suo proprio campo è la Chiesa, dove ambasciatore di Dio predica la verità ed inculca col rispetto dei diritti di Dio il rispetto ai diritti di tutte le creature. Così operando, egli non va soggetto ad alcuna opposizione, non apparisce un uomo di parte, fautore degli uni, avversario degli altri, né per evitare l’urto di certe tendenze o per non irritare in molti argomenti gli animi inaspriti si mette nel pericolo di dissimulare la verità o di tacerla, mancando nell’uno o nell’altro caso ai suoi doveri; senza dire che dovendo trattare ben spesso di cose materiali, potrebbe trovarsi solidale in obbligazioni dannose alla sua persona, e alla dignità del suo ministero. Non dovrà dunque prender parte ad associazioni di questo genere, se non dopo matura considerazione, d’accordo col suo Vescovo, ed in quei casi soltanto, ne’ quali l’aiuto suo è immune da ogni pericolo e torna di evidente profitto.

Né in tal maniera si raffrena punto il suo zelo. Il vero apostolo deve „farsi tutto a tutti, per tutti salvare” (I Cor. IX, 22); come già il divin Redentore, deve sentirsi muovere a pietà le viscere, „mirando le turbe così vessate, giacenti quasi pecore senza pastore” (Matth. IX, 36). Con la propaganda efficace degli scritti, con l’esortazione viva della parola, col concorso diretto nei casi anzidetti s’adoperi adunque a fine di migliorare eziandio, entro i limiti della giustizia e della carità, la condizione economica del popolo, favorendo e promovendo quelle istituzioni che a ciò conducono, quelle soprattutto che si propongono di ben disciplinare le moltitudini contro l’invadente predominio del socialismo e che ad un tempo le salvano e dalla rovina economica e dallo sfacelo morale e religioso. In questo modo l’assistenza del clero alle opere dell’azione cattolica mira ad un fine altamente religioso, né tornerà mai d’impedimento, sarà anzi di aiuto al suo ministero spirituale, allargandone il campo e moltiplicandone il frutto.

Ecco, o Venerabili Fratelli, quanto Ci premeva esporre ed inculcare intorno all’azione cattolica da sostenere e promuovere nella nostra Italia. —Additare il bene non basta; è necessario eseguirlo in pratica. Nel che tornerà di grandissimo aiuto l’esortazione vostra altresì ed il paterno vostro immediato eccitamento al ben fare. Siano pure umili i principi, purché veramente si cominci, la grazia divina li farà crescere in breve tempo e prosperare. E tutti i Nostri diletti figliuoli, che si dedicano all’azione cattolica, ascoltino di nuovo la parola che Ci sgorga tanto spontanea dal cuore. Nelle amarezze onde siamo tuttodì circondati, se vi ha alcuna consolazione in Cristo, se alcun conforto Ci vien dalla carità vostra, se vi ha comunione di spirito e viscere di compassione, diremo Noi pure con l’Apostolo Paolo (Phil. II, 1-5), rendete compiuto il Nostro gaudio con la concordia, con l’identica carità, col sentimento unanime, con l’umiltà e debita soggezione, cercando non il proprio comodo, ma il bene comune, e trasfondendo nei vostri cuori quei medesimi sentimenti, che in sé nutriva Gesù Cristo, Salvatore nostro. Sia Egli il principio di ogni vostra impresa: „Quanto voi dite o fate, sia tutto nel nome del Signore Gesù Cristo” (Coloss. III, 17); sia Egli il termine d’ogni vostra operazione: „Conciossiaché da Lui, e per Lui, ed a Lui sono tutte le cose; a Lui gloria nei secoli” (Rom. XI, 36). Ed in questo giorno faustissimo, che ricorda gli Apostoli, quando, ripieni di Spirito Santo, uscirono dal Cenacolo a predicare al mondo il Regno di Cristo, discenda eziandio su tutti voi la virtù del medesimo Spirito e pieghi ogni durezza, ritempri gli animi freddi, e quanto è sviato rimetta sul retto sentiero: „Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium”.

Auspice intanto del divino favore e pegno del Nostro specialissimo affetto sia l’Apostolica Benedizione, che dall’intimo del cuore impartiamo a voi, Venerabili Fratelli, al vostro Clero e al popolo italiano.

Dato a Roma, presso San Pietro, nella Festa della Pentecoste, 11 Giugno 1905, del Nostro Pontificato anno II.

PIO PP. X

Il fermo proposito

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LITTERAE ENCYCLICAE
SS. D. N. PII DIV. PROV. PP. X

SS. D. NOSTRI PII DIV. PROV. PAPAE X AD EPISCOPOS ITALIAE,
DE ACTIONE CATHOLICA*

 

Venerabiles Fratres,
salutem et Apostolicam benedictionem.

Certum consilium, quod usque ab initio Pontificatus Nostri concepimus, vires omnes, quas benignitas Domini Nobis concedere dignatur, ad omnia instauranda in Christo dicandi, magnam fiduciam in corde Nostro excitat erga potentem Dei gratiam, sine qua nihil magni et uberis pro salute animarum in mundo cogitare aut aggredi possumus. Interea tamen eo vel magis ut a Vobis, Venerabiles Fratres, vocati in partem Nostri officii pastoralis, unanimiter ac constanter nobili in incepto adiuvemur opus habemus, a singulis clericis singulisque fidelibus vestrae sollicitudini commissis. Omnes enim in Ecclesia Dei ad illud unum corpus efformandum vocamur, cuius caput est Christus: corpus stricte compactum, uti docet Apostolus Paulus (Ephes, IV, 16), et apte connexum per omnem iuncturam subministrationis secundum operationem in mensuram uniuscuiusque membri, unde corpus ipsum accipit augmentum suipsius et sensim sine sensu aedificatur in vinculo caritatis. Et si in hoc opere aedificationis corporis Christi (Ibid., IV, 12) Nostrum primum officium est docendi, rectum modum sequendum ostendendi mediaque ad id proponendi, monendi ac paterne hortandi, est quidem officium omnium Nostrorum filiorum, qui Nobis carissimi in orbe diffusi inveniuntur, consilia Nostra recipiendi, ea in seipsis prius executioni mandandi atque efficaciter cooperandi ut in aliis quoque in actum adducantur, quisque iuxta gratiam a Deo acceptam, iuxta suum statum et officium, iuxta zelum qui cuiusvis cor inflammat.

Modo memorare tantum volumus plurima illa caritatis opera in bonum Ecclesiae, societatis et singulorum individuorum, quae sub nomine actionis catholicae communiter designantur, quaeque Deo opitulante ubique florent atque etiam in Italia nostra abundant. Quae opera quam cara Nobis sint et quantum ex corde cupimus ut ea roborentur ac promoveantur Vos, Venerabiles Fratres, optime perspicuis. Neque solum saepe saepius de his viva voce loquuti sumus cum pluribus saltem vestrum, cumque potioribus eorum praesidibus in Italia quando ipsi praesentes Nobis suae devotionis ac sui filialis amoris obsequium offerebant, sed etiam cum Nos de hoc argumento ederemus aut varios Actus auctoritate Nostra edi iuberemus, quos omnes iam nostis. Quod si nonnulli ex his, sicuti circumstantiae Nobis tristes exposcebant, potius ad obstacula removenda expeditiori actionis catholicae progressui atque ad quasdam effrenes propensiones damnandas, quae gravi damno causae communis irrepere inciperent, ordinati erant; cupiebamus tamen omnibus verba paterni solatii et hortationis movere, ut amotis, prout Nobis possibile est, obstaculis, bonum indesinenter perficiatur lateque diffundatur. Nobis itaque pergratum est modo hisce Nostris litteris id perficere ad omnium consolationem, freti verba Nostra ab omnibus cum docilitate exceptum et effectum iri.

Perlatus est actionis catholicae campus, quae ex sese nihil omnino excludit quod, quocumque modo, directe aut indirecte, ad divinam Ecclesiae missionem pertineat. Proinde neminem fugit tantae perficiendae operae singulorum cooperatione opus esse, non tantum pro animarum nostrarum sanctificatione, sed etiam ut diffundatur ac eo melius extendatur Regnum Dei in individuis, in familiis et in societate, unoquoque pro suis viribus quaerenti bonum proximi per veritatis revelatae diffusionem, per christianarum virtutum exercitium perque caritatis aut misericordiae spiritualis et corporalis opera. Hoc est ambulare Deo dignum, ad quod S. Paulus nos hortatur, ut per omnia ei placeamus, in omni opere bono fructificantes et crescentes in scientia Dei: Ut ambuletis digne Deo per omnia placentes: in omni opere bono fructificantes, et crescentes in scientia Dei (Coloss., I, 10).

Praeter haec autem plurima habentur bona ad ordinem naturalem spectantia, ad quae missio Ecclesiae non est directe ordinata, quae tamen ab eadem quasi natura sua profluunt. Talis est catholicae revelationis lux, quae in omnem scientiam vivissima diffunditur; tanta est vis Evangelii mandatorum, ut legis naturae praecepta sarta tecta roborentur et confirmentur, tanta demum est efficacia veritatis ac moralis a Iesu Christo propositarum; ut ipsa materialis felicitas individuorum, familiae et humanae societatis provide sustineatur ac promoveatur. Ecclesia, etiam praedicando Iesum Christum crucifixum, scandalum ac stultitiam coram mundo (I Cor. I, 23), inspiratrix et fautrix praecipua civilitatis devenit; eamque, ubicumque ipsius Apostoli praedicaverunt, diffudit, servans atque perficiens elementa bona antiquorum ethnicorum cultuum, e barbarie eruens atque ad civilem consortium instituens novos populos, qui in maternum ipsius sinum confugerent, atque integrae societati, gradatim quidem, sed tuta ac semper progredienti ratione, notam adeo propriam imprimens, quam illa nunc quoque universaliter retinet. Civilitas mundi est civilitas christiana; eo verior, stabilior, uberior pretiosis fructibus, quo est purius christiana; tam declinat, maximo cum discrimine boni socialis, quam a christiana idea se retrahit. Unde vi rerum intima, Ecclesia custos ac vindex christianae civilitatis re quoque facta est. Hocque factum anterioribus historiae saeculis recognitum et admissum fuit; quinimo civilium legislationum firmum constituit fundamentum. Eo facto nixae sunt relationes Ecclesiam inter et Status, publica recognitio auctoritatis Ecclesiae in omnibus materiis, quae ad conscientiam quomodocumque referuntur, subordinatio omnium legum Status divinis Evangelii legibus, concordia utriusque regiminis, Status et Ecclesiae, ita temporale populorum bonum curando, ne quid detrimenti capiat aeternum.

Opus non est, Venerabiles Fratres, vobis ostendere quaenam prosperitas et bonum, quaenam pax et concordia, quaenam obsequens subiectio auctoritati et quodnam praestans gubernium haberentur ac servarentur in mundo, si ubique perfectum christianae civilitatis exemplar obtineri possit. At posito aeterno dissidio carnis adversus spiritum, tenebrarum adversus lucem, Satanae contra Deum, illud saltem in sua plenitudine sperandum non est. Qua de re continuae extorsiones pacificis Ecclesiae acquisitionibus fiunt, eo acerbiores ac funestiores, quo humana societas principiis conceptui christiano adversis inniti, imo totaliter a Deo se avertere adlaborat.

Attamen hanc ob rem non est animo deficiendum. Ecclesia noscit portas inferí contra ipsam non praevalituras; sed praevidet etiam pressuram in mundo se passuram esse, apostolos suos sicut agnos inter lupos mitti, fideles suos odio et contemptui semper obiectum iri, sicut divinus eius Fundator odio et livore repletus fuit. Ecclesia proinde impavida procedit, et dum Regnum Dei diffundit ubi nondum praedicatum fuit, omnibus modis studet reparandi damna in Regno iam acquisito. Instaurare omnia in Christo fuit semper Ecclesiae signum et peculiariter Nostrum hisce tristibus temporibus. Restaurare omnia, non quocumque modo, sed in Christo; quae in caelis, et quae in terra sunt, in ipso (Ephes, I, 10), subdit Apostolus: restaurare in Christo, non solum quod proprie ad divinam Ecclesiae missionem pertinet animas ad Deum ducendi, sed etiam quod, sicut diximus, ab eadem divina missione sponte profluit, christianam nempe civilitatem in omnibus et singulis elementis eam constituentibus.

Et quoniam ad hanc postremam tantum partem desideratae restaurationis sermonem coarctantur, Vos optime nostis, Venerabiles Fratres, quo auxilio sint Ecclesiae illae catholicorum electae acies, quae hoc unum sibi proponunt omnes suas vividas vires insimul unire, ad civilitatem antichristianam omnibus mediis iustis ac legalibus debellandam: ad gravissimas deordinationes ex illa derivantes omnimode reparandas; ad Iesum Christum iterum ducendum in familiam, in scholam, in societatem; ad stabiliendum principium humanae auctoritatis tamquam vices gerentis auctoritatis Dei; ad res populi ac praesertim operarii et agricoli coetus summopere curandas, non tantum in omnium cordibus principium religiosum infundendo, unicam veram fontem consolationis in angustiis vitae, sed lacrimas eorum tergere, poenas lenire, oeconomicam conditionem peropportunis remediis in melius vertere adlaborando, ideoque ad obtinendum quo publicae leges iustitia informentur, atque corrigantur aut supprimantur quae iustitiae adversantur: demum ad defendenda ac sustinenda in omnibus animo vere catholico iura Dei ac iura non minus sacra Ecclesiae.

Horum omnium operum complexus, quae a laicatu catholico plerumque sustinentur ac promoventur atque diversimode excogitantur pro propriis uniuscuiusque nationis necessitatibus eiusdemque peculiaribus circumstantiis, est sane id quod nomine aptiori eoque nobilissimo vocari solet actio catholica seu actio catholicorum. Ipsa omnibus temporibus auxilio Ecclesiae semper fuit, quae hoc auxilium semper libenter excepit ac benedixit, quamvis illud pro temporibus varie explicatum sit.

Etenim heic notandum statim est, non omnia quae utilia fuere, imo unice efficacia anteactis temporibus, hodie possibile est eodem modo restituere; tot sunt radicales variationes quae labentibus temporibus in societatem vitamque publicam inducuntur, totque novae necessitates quas mutatae circumstantiae continuo suscitant. Sed Ecclesia per amplum historiae suae cursum semper et ubique clare ostendit sibi inesse miram accommodationis virtutem mutabilibus civilis consortii conditionibus, ita ut, salvis semper integritate et immutabilitate fidei et morum, salvisque pariter suis sacrosanctis iuribus, facile cedat ac se acçommodet iis omnibus, quae contingentia et accidentalia sunt temporum vicissitudinibus novisque necessitatibus societatis. Pietas, ait S. Paulus, omnibus se aptat, divinas possidens promissiones, sicut pro bonis vitae praesentis ita et futurae: Pietas autem ad omnia utilis est, promissionem habens vitae, quae nunc est, et futurae (I Tim. IV, 8). Ideoque etiam catholica actio, si opportune mutatur quoad suas externas formas ac media quibus utitur, semper eadem manet in principiis quae eam dirigunt et in fine nobilissimo quem sibi proponit. Ut autem simul sit vere efficax, diligenter cognoscantur oportet conditiones quas ipsamet imponit, ratione praesertim habita suae naturae ac finis.

In primis alte fixum in corde sit oportet instrumentum deficere, nisi operi, quod agendum venit, aptum efficiatur. Actio catholica (prout ex praedictis evidenter eruitur) quia omnia instaurare in Christo sibi proponit, verum apostolatum constituit ad honorem et gloriam ipsius Christi. Ad eum recte explendum requiritur divina gratia, haec autem apostolo non datur qui Christo non uniatur. Cum Iesum Christum in nobis efformaverimus, tunc facilius familiis societatique eum restituere poterimus. Ideoque quotquot ad regendam vocantur aut ad promovendam actionem catholicam se dederint, catholici firmissimi sint oportet, sua fide suasi, in rebus religionis recte edocti, sincere obsequentes Ecclesiae et praesertim huic supremae Cathedrae Apostolicae ac Vicario Iesu Christi in terris; vera pietate ornati, praeclaris virtutibus, integris moribus vitaque adeo intemerata, ut omnibus sint efficaci exemplo. Nisi animus ita sit dispositus, nedum in aliis bonum promovere difficile erit, sed fere impossibile evadet recta cum intentione procedere, atque vires deficient ad perseveranter sustinenda incommoda, quae quilibet apostolatus secumfert, adversariorum calumnias, neglectum parvamque corresponsionem hominum licet honestorum, aliquando et iam zelotypiam amicorum ipsorumque in actione sociorum, procul dubio excusatione dignas, posita humanae naturae imbecillitate, sed tamen magnum praeiudicium afferentes et causam discordiarum, offensionum atque domesticarum contentionum. Tantummodo virtus patiens et firma in bono, simulque suavis ac delicata hasce tollere aut minuere difficultates valet, ita ut opus, cui vires catholicae adlaborant, detrimentum non capiat. Haec est voluntas Dei, aiebat S. Petrus primis fidelibus, ut bene facientes obmutescere faciatis imprudentium hominum ignorantiam: Sic est voluntas Dei…(I Petr. II, 15).

Interest praeterea recte definire opera, circa quae fortiter constanterque vires catholicae insudare debent. Opera illa tanti momenti sint oportet, adeo necessitatibus hodiernae societatis respondentia, tam apta moralibus ac materialibus bonis populi praesertim ac proletariorum, ut dum in promotores actionis catholicae quam optimam alacritatem infundant ob magnum atque securum fructum, quem ex seipsis promittunt, simul ab omnibus facile comprehendantur libenterque excipiantur. Quia vero hodiernae vitae socialis gravia problemata promptam tutamque exigunt solutionem, omnes apprime cupiunt scire ac eo gnoscere varios modos, quibus solutiones eaedem executioni mandantur. Discussiones alio atque alio sensu magis in dies multiplicantur ac facile per artem typographicam diffunduntur. Idcirco maxime necessarium est ut actio catholica opportunitatem capiat, audacter progrediatur ac ipsa quoque propriam solutionem proponat eamque valere faciat diffusione firma, alacri, perspicaci, ordinata, ita ut adversariae diffusioni directe opponatur. Bonitas ac iustitia principiorum christianorum, recta morum regula quam catholici profitentur, plenus suarum rerum contemptus, nil aliud aperte sincereque optando quam verum, firmum ac supremum aliorum bonum, evidens demum capacitas ipsorum promovendi melius quam caeteri etiam vera bona oeconomica populi, nequeunt non allicere mentem ac cor eorum qui audiunt, et agmina eorum accrescere, ita ut forte ac solidum corpus eos efficiant, capax contrario motui viriliter resistendi atque adversarios compescendi.

Quam supremam necessitatem optime novit Antecessor Noster Leo XIII b. m., ostendens, praecipue in celebri encyclica Rerum Novarum et in aliis posterioribus documentis, obiectum circa quod actio catholica praecipue evolvenda erat, nempe practicam solutionem quaestionis socialis iuxta christiana principia. Et Nos, sedantes tam sapientes normas, Nostro Motu Proprio diei 18 Decembris 1903 actioni populari christianae, quae totum complectitur motum catholicum socialem, ordinem dedimus fundamentalem, qui esset quasi practica norma actionis communis atque concordiae et caritatis vinculum. Heic igitur et hoc sanctissimo et maxime necessario fine niti ac roborari imprimis debent catholica opera, varia et multiplicia quoad formam, sed omnia pariter directa ad idem sociale bonum efficaciter promovendum.

Ut autem haec socialis actio conservetur atque floreat necessaria coesione variorum operum eamdem constituentium, maxime opus est ut catholici exemplari ad invicem concordia incedant; quae de coetero numquam obtineri poterit, nisi consiliorum unitas in omnibus habeatur. De qua necessitate nullum esse potest dubium; adeo clara et aperta sunt monita tradita ab hac Cathedra Apostolica, tam vivida lux quam suis scriptis circumfuserunt illustriores catholici cuiusvis nationis, tam laudabile exemplum quod pluries, etiam a Nobis ipsis, catholicorum aliarum nationum propositum fuit, qui ad amussim hanc ob concordiam et consiliorum unitatem brevi tempore uberes fructus ac valde laetos obtinuerunt.

Quo vero tutius haec obtineantur, inter varia opera laude pariter digna, alibi habita est apprime efficax quaedam institutio indolis generalis, quae nomine Unionis popularis tendit ad catholicos cuiusque gradus socialis in unum colligendos, praesertim vero innumeras populi multitudines apud unum commune centrum doctrinae, diffusionis atque socialis ordinationis. Ipsa enim, cum cuidam necessitati fere ubique impellenti respondeat, cumque eius simplex constitutio ex ipsa rerum natura fluat, quae pariter ubicumque habentur, dici nequit propria unius potius quam alterius nationis, sed omnium, ubi eaedem innotescunt necessitates eademque nascuntur pericula. Mira eiusdem popularitas caram acceptabilemque eam statim reddit, neque vexat aut impedit quamlibet aliam institutionem, sed potius omnibus institutionibus robur connexionemque praebet, quia propria ordinatione stricte personali individuos cogit ingredi particulares institutiones, eos actioni practicae et vere proficuae assuescit, atque omnium animos ut idem sentiant ac velint perstringit.

Hoc sociali centro ita constituto, aliae omnes institutiones indolis oeconomicae, ad practice et undequaque solvendam socialem quaestionem destinatae, quasi sponte sua simul conveniunt in fine generali qui eas unit, quamvis tamen, pro peculiaribus necessitatibus quibus intendunt, varias assumunt formas diversaque adhibent media, prout finis particularis uniuscuiusque proprius requirit. Heic autem Nobis gratum est Nostram satisfactionem significare ob multa quae hac in parte iam effecta sunt, in Italia, certa spe freti, posito divino auxilio, etiam plura factum iri in posterum, bona obtenta roborando eaque maiori semper zelo diffundendo. Hac de re optime meruit Opus Conventuum et Comitatum catholicorum, propter miram alacritatem praeclarorum virorum qui illud dirigebant, et qui eisdem peculiaribus institutionibus praepositi fuerunt aut eas adhuc dirigunt. Ideoque hoc centrum seu unio operum indolis oeconomicae, uti a Nobis expresse servatum fuit cessante praedicto Opere Congressuum, ita etiam in posterum prosequetur sub solerti directione eorum qui eidem praepositi sunt.

Nihilominus, ut catholica actio undequaque sit efficax, minime sat est quod ipsa par sit hodiernis socialibus necessitatibus; oportet etiam ut omnibus mediis practicis defendatur, quae eidem hodie suppetantur progressus studiorum socialium et oeconomicorum, experientia alibi iam facta, conditiones civilis consortii, ipsa vita publica Statuum. Alioquin periculum imminet diu in incertum vagandi nova et periculosa inquirendo, dum bona ac tuta prae manibus habentur atque optima se iam praebuerunt; aut institutiones methodosque proprias fortasse aliorum temporum proponendi, quae nunc a populo non intelliguntur; aut demum ab opere desistendi minime utendo, in mensura quidem concessa, illis civilibus iuribus quae hodiernae civiles institutiones omnibus proindeque etiam catholicis offerunt. Et ut in hoc postremo argumento sistamus, haud dubiam est praesentem Statuum ordinationem omnibus indistincte facultatem praebere in rem publicam influendi, atque catholici, salvis officiis divinae legis et praescriptionibus Ecclesiae, tuta conscientia uti ea possunt, ut se idoneos praebeant item, imo melius quam coeteri, cooperandi bono materiali ac civili populi atque ita acquirendi illam auctoritatem et venerationem, quae ipsis bona etiam altiora, quae sunt illa animae, defendere et promovere permittat.

Quae iura civilia plura sunt varieque ex genere, minime secluso iure directe participandi politicae vitae nationis, populum repraesentando in legislativis aulis. Gravissima argumenta Nobis dissuadent, Venerabiles Fratres, recedere ab illa norma, quam antea decrevit Praedecessor Noster Pius IX s. m., et postea secutus est alter Praedecessor Noster Leo XIII s. m. durante suo diuturno Pontificatu, iuxta quam in Italia participatio catholicorum potestati legislativae prohibita in genere remanet. Attamen rationes aliae pariter gravissimae, depromptae ex supremo societatis bono, quae omnimode salvari oportet, exigere possunt ut in casibus particularibus a lege dispensetur, praecipue cum Vos, Venerabiles Fratres, hoc maxime necessarium censueritis pro animarum salute ac supremis vestrarum ecclesiarum bonis, atque dispensationem petieritis.

Possibilitas vero huius benignae concessionis inducit in omnibus catholicis officium prudenter sapienterque vitae politicae se parandi, quando ad eam vocarentur. Unde valde interest ut ea ipsa alacritas, iam laudabiliter a catholicis adhibita ut bona cum electorali organizatione se pararent vitae administrativae Municipiorum ac Consiliorum provincialium, extendatur etiam ad apte se parandos et ordinandos vitae politicae, prout opportune commendatum fuit Litteris Circularibus diei 3 Decembris 1904 a Praesidentia generali Operum oeconomicorum in Italia. Insimul inculcanda erunt ac practice sequenda sublimia principia, quae conscientiam cuiusvis veri catholici moderantur. Imprimis meminerit ipse esse omni tempore et videri vere catholicus, accedens ad publica officia eaque exercens firmo ac constanti proposito pro viribus bonum sociale oeconomicumque patriae et praesertim populi promovendi, iuxta normas civilitatis vere christianae, atque simul defendendi suprema Ecclesiae iura, quae sunt eadem ac religionis et iustitiae.

Hi sunt, Venerabiles Fratres, characteres, obiectum et conditiones actionis catholicae quoad suam praecipuam partem inspectae, quae est solutio quaestionis socialis, digna sane cui omnes vires catholicae adlaborent maxima cum alacritate et constantia. Quod autem non impedit quin iuventur ac promoveantur etiam alia opera varii generis diversaeque ordinationis, sed omnia, pariter directa huic vel illi bono peculiari societatis et populi atque restaurationi variis sub determinatis adspectibus civilitatis christianae. Solent ipsae exurgere ob particularium personarum zelum atque in singulas diffundi dioeceses quandoque maiores in foederationes conveniri. Iamvero, dum laude dignus sit finis quem sibi proponunt, firma sint christiana principia quae sequuntur iustaque media quae adhibent, et ipsa laudanda et omnino fovenda erunt. Quibus concedenda quidem est quaedam ordinationis libertas, cum possibile non sit ut, ubi plures simul conveniunt personae, omnes sub eadem forma efformentur aut sub unica directione disponantur. Organizatio vero ex ipsis operibus spontanea exurgere debet, alioquin aedificia bene exstructa habentur, sed reali fundamento carentia ideoque omnino effimera. Singulorum populorum indolis ratio est etiam habenda. Alii usus aliaeque tendentiae manifestantur diversis in locis. Unum interest ut super solido fundamento laboretur, cum principiorum firmitate, cum fervore et perseverantia, quae si obtineantur, modus et forma, quas varia opera assumunt, accidentales sunt ac manent.

Tandem ut necessaria alacritas in omnibus indiscriminatim catholicis operibus renovetur ac augeatur, atque ut promotoribus eorumdemque membris occasio praebeatur se videndi ac invicem cognoscendi, magis magisque fraternae caritatis vincula inter ipsos devinciendi, invicem sese incitandi zelo semper alacriori ad efficacem actionem, et providendi meliori soliditati ac diffusioni ipsorum operum, maxime iuvabit identidem celebrare, iuxta normas ab hac Sancta Sede praescriptas, Conventus generales aut partiales catholicorum Italiae, qui solemnis fidei catholicae manifestatio ac commune concordiae festum sint oportet.

Aliquid manet dicendum, Venerabiles Fratres, de alio maximi momenti capite, de relatione videlicet quam omnia catholicae actionis opera ad ecclesiasticam auctoritatem habere debent. Si doctrinae, quas in prima harum Nostrarum Litterarum parte exposuimus, bene perpendantur, facile concludetur, omnia illa opera quae ministerio spirituali ac pastorali Ecclesiae directe inserviunt quaeque proinde sibi proponunt finem religiosum in directum animarum bonum, debent et in minimis auctoritati Ecclesiae subesse ideoque etiam Episcoporum, qui a Spiritu Sancto positi sunt regere Ecclesiam Dei in dioecesibus eisdem concreditis. Verum et caetera opera quae, uti diximus, praecipue instituta sunt ad restaurandam promovendamque in Christo veram civilitatem christianam et quae constituunt in sensu exposito actionem catholicam, nullo modo concipi possunt independentia a consilio et suprema ecclesiasticae auctoritatis directione, praesertim vero cum omnia inniti debeant principiis doctrinae ac moralis christianae; eoque minus possibile est ea concipere plus minusve eidem auctoritati opposita. Procul dubio est haec opera, attenta eorum natura, moveri deberi cum opportuna rationabili libertate, cum ipsa de propria respondeant actione, praesertim vero in rebus temporalibus et oeconomicis ac in illis vitae publicae administrativae et politicae, a ministerio mere spirituali alienis. Sed quoniam catholici semper Christi vexillum deferunt, eo ipso extollunt Ecclesiae vexillum, ita decet omnino ut illud ab Ecclesiae manibus recipiant, Ecclesia eius immaculatum honorem defendat atque huic maternae vigilantiae catholici, tamquam dociles et obsequentes filii, se submittant.

Quapropter manifestum apparet quam male egerint illi, pauci quidem, qui heic in Italia et Nostris sub oculis, cuidam missioni se dicare praesumpserunt quam a Nobis non acceperant, neque ab aliquo alio ex Nostris Fratribus in Episcopatu, eamque promovere conati sunt, non tantum sine debito auctoritatis obsequio, sed etiam aperte contra eiusdem voluntatem, suam rebellionem frivolis distinctionibus legitimare studentes. Et ipsi vexillum in nomine Christi extollere dictitabant; at hoc vexillum esse nequiverat Christi, cum in seipso doctrinam divini Redemptoris non deferret, quae etiam hic applicari potest : Qui vos audit, me audit; et qui vos spernit, me spernit (Luc. X, 16): Qui non est mecum, contra me est; et qui non colligit mecum, disperdit (Ib. XI, 23); doctrina igitur humilitatis, subiectionis, filialis obsequii. Maximo cordis Nostri dolore refellere huiusmodi tendentiam atque auctoritative motum perniciosum iam invadentem compellere debuimus. Eoque acerbior dolor Noster erat, quia incaute hac falsa via plurimos videbamus allici iuvenes Nobis carissimos, quorum multi electo ingenio, fervido zelo et capaces bonum efficaciter operandi, si recte manuducantur.

Dum vero omnibus rectam actionis catholicae normam indigitamus, dissimulare nolumus, Venerabiles Fratres, periculum haud leve cui, hac conditione temporum, nunc clerus est expositus; nimium nempe dandi pondus bonis materialibus populi, flocci e contra faciendi valde graviora sui sacri ministerii.

Sacerdos, super coeteris hominibus elevatus ad explendam a Deo receptam missionem, item consistere debet supra omnibus humanis rebus, conflictis omnibus, omnibus societatis coetibus. Eius proprius campus est Ecclesia, ubi Dei legatus veritatem praedicat atque simul cum veneratione iurium Dei inculcat respectum iuribus omnium creaturarum. Ita agendo, ipse nulli oppositioni obnoxius est, vir partium non apparet, fautor aliquorum, aliorum adversarius, neque ad vitandos nonnullarum tendentiarum impetus aut ad animos offensos in pluribus argumentis non invitandos periculo exponitur dissimulandi vel tacendi veritatem, sua officia in utroque casu non servans; imo cum saepe saepius sibi de rebus materialibus sit tractandum, solidalis evadere posset in obligationibus suae personae ac dignitati sui ministerii obnoxiis. Nulli igitur huius generis associationi participet, nisi praevia matura consideratione, de Episcopi proprii consensu, atque in illis tantum casibus, in quibus sua cooperatio quovis periculo est immunis et evidenti auxilio evadit.

Neque hoc modo sacerdotis zelus devincitur. Verus apostolus omnia omnibus fieri debet, ut omnes salvos faceret (I Cor. IX, 22): prout iam divinus Redemptor, misereri debet, videns turbas ita vexatas, iacentes sicut oves non habentes pastorem (Matth, IX, 36.). Efficaci scriptorum diffusione, viva vocis exhortatione, directa cooperatione in supradictis casibus, curet igitur, ad provehendam intra iustitiae et caritatis limites, oeconomicam quoque populi conditionem, favens promovensque institutiones illas quae ad hoc intendunt, illas praesertim quae finem sibi proponunt multitudines recte ordinandi adversus invadens socialismi dominium et quae eas protegunt sive ab oeconomica eversione sive a morali religiosoque exitio. Hoc modo adsistentia cleri operibus actionis catholicae in finem apprime religiosum tendit, neque unquam impedimento erit, imo auxilio evadet eius spirituali ministerio, eiusdem campum extendens fructumque multiplicans.

En, Venerabiles Fratres quae exponere et inculcare cupiebamus circa actionem catholicam sustinendam promovendamque in Italia nostra.— Non sufficit indigitare bonum; oportet illud practice exequamur. Ad hoc maximo sane erit auxilio vestra etiam exhortatio vestrumque paternum immediatum consilium ad bonum faciendum. Sint quidem humilia principia, dummodo vere incipiatur, divina gratia brevi eadem augebit prosperabitque. Omnesque Nostri dilecti filii, qui actioni catholicae se dedicant, iterum excipiant verba quae ex corde Nostro tam sponte profluunt. In angustiis, quibus quotidie premimur, si qua est consolatio in Christo, si quid solatii ex vestra caritate Nobis affertur, si communio habetur spiritus et commiserationis, et Nos cum Apostolo Paulo dicemus (Philipp, n, 1-5), expletum reddite gaudium Nostrum concordia, identica caritate, unanimi affectu, humilitate debitaque affectione, non proprium commodu m cupientes, sed commune bonum, atque in cordibus vestris eosdem nutrientes sensus, quos fovebat Iesus Christus, Salvator noster. Sit ipse principium cuiusvis vestri incepti: Omne quodcumque facitis in verbo aut in opere, omnia in nomine Domini Iesu Christi (Coloss, III, 17); sit ipse terminus cuiusque actionis vestrae: Quoniam ex ipso et per ipsum, et in ipso sunt omnia; ipsi gloria in saecula (Rom. XI, 36). Et hac die laetissima, qua recordamur Apostolos, quum Spiritu Sancto repletos, e Coenaculo exierunt ad Regnum Christi mundo praedicandum, descendat etiam super vos omnes virtus eiusdem Spiritus omneque rigidum flectat, animos frigidos foveat, quodque est devium recte dirigat: Flecte quod est rigidum, fove quod est rigidum, rege quod est devium.

Auspex interim divini favoris ac pignus Nostri peculiarissimi affectus sit Apostolica benedictio, quam ex intimo corde Vobis, Venerabiles Fratres, vestro clero ac populo italico impertimus.

Datum Romae apud S. Petrum, die festo Pentecostes, XI Iunii 1905, Pontificatus Nostri anno secundo.

PIUS PP. X


*AAS, vol. XXXVII (1904-05), pp. 741-767.

Il fermo proposito

informacje

LETTRE ENCYCLIQUE
DE SA SAINTETÉ LE PAPE PIE X
SUR L’ACTION CATHOLIQUE ou ACTION DES CATHOLIQUES
Aux Evêques d’Italie
Vénérables Frères, Salut et Bénédiction apostolique.

Le ferme propos (1) que Nous avons formé, dès les débuts de Notre Pontificat, de consacrer à la restauration de toutes choses dans le Christ toutes les forces que Nous tenons de la bonté du Seigneur, éveille en Notre cœur une grande confiance dans la grâce puissante de Dieu, sans laquelle Nous ne pouvons ici-bas concevoir ni entreprendre rien de grand et de fécond pour le salut des âmes. En même temps, Nous sentons plus vivement que jamais, pour ce noble dessein, le besoin de votre concours unanime et constant, Vénérables Frères appelés à partager Notre charge Pastorale, du concours de chacun des clercs et des fidèles confiés à vos soins. Tous, en vérité, dans la Sainte Eglise de Dieu, nous sommes appelés à former ce corps unique dont la tête est le Christ; corps étroitement organisé, comme l’enseigne l’apôtre saint Paul (2), et bien coordonné dans toutes ses articulations, et cela en vertu de l’opération propre de chaque membre, d’où le corps tire son propre accroissement et peu à peu se perfectionne dans le lien de la charité.

Et si dans cette œuvre d'”édification du Corps du Christ” (3) Notre premier devoir est d’enseigner, d’indiquer la méthode à suivre et les moyens à employer, d’avertir et d’exhorter paternellement, c’est également le devoir de tous Nos Fils bien-aimés, répandus dans le monde entier, d’accueillir Nos paroles, de les réaliser d’abord en eux-mêmes et de contribuer efficacement à les réaliser aussi chez les autres, chacun selon la grâce qu’il a reçue de Dieu, selon son état et ses fonctions, selon le zèle dont son cœur est enflammé.

Ici, Nous voulons seulement rappeler ces multiples œuvres de zèle, entreprises pour le bien de l’Eglise, de la société et des individus, communément désignées sous le nom d’Action Catholique, qui, par la grâce de Dieu, fleurissent en tout lieu et abondent pareillement en notre Italie.

Vous comprenez bien, Vénérables Frères, à quel point elles doivent Nous être chères, et quel est Notre intime désir de les voir affermies et favorisées. Non seulement, à maintes reprises, Nous en avons traité de vive voix au moins avec quelques-uns d’entre vous et avec vos principaux représentants en Italie quand ils Nous présentaient en personne l’hommage de leur dévouement et de leur affection filiale, mais de plus Nous avons, sur cette question, publié, ou fait publier par Notre autorité, certains actes que vous connaissez tous déjà. Il est vrai que certains de ces actes, comme l’exigeaient des circonstances douloureuses pour Nous, étaient plutôt destinés à écarter les obstacles qui entravaient la marche de l’action catholique et à condamner certaines tendances indisciplinées, qui allaient s’insinuant, au grave détriment de la cause commune.

Il tardait donc à Notre cœur d’envoyer à tous une parole de réconfort et de paternel encouragement, afin que, sur le terrain débarrassé autant qu’il dépend de Nous de tout obstacle, on continue à édifier le bien et à l’accroître largement. Nous sommes donc très heureux de le faire à présent par cette lettre, pour la consolation commune, avec la certitude que Notre parole sera de tous docilement écoutée et obéie.

Immense est le champ de l’action catholique; par elle-même, elle n’exclut absolument rien de ce qui, d’une manière quelconque, directement ou indirectement, appartient à la mission divine de l’Eglise.

On reconnaît sans peine la nécessité de concourir individuellement à une œuvre si importante non seulement pour la sanctification de nos âmes, mais encore pour répandre et toujours mieux développer le règne de Dieu dans les individus, les familles et la société, chacun procurant selon ses propres forces le bien du prochain, par la diffusion de la vérité révélée, l’exercice des vertus chrétiennes et les œuvres de charité ou de miséricorde spirituelle et corporelle. Telle est la conduite digne de Dieu à laquelle nous exhorte saint Paul, de façon à lui plaire en toutes choses en produisant les fruits de toutes les bonnes œuvres et en progressant dans la science de Dieu : „Ut ambuletis digne Deo placentes : in omni opere bono fructificantes, et crescentes in scientia Dei” (4).

Outre ces biens, il en est un grand nombre de l’ordre naturel, qui, sans être directement l’objet de la mission de l’Eglise, en découlent cependant comme une de ses conséquences naturelles. La lumière de la Révélation catholique est telle qu’elle se répand très vive sur toute science; si grande est la force des maximes évangéliques que les préceptes de la loi naturelle y trouvent un fondement plus sûr et une plus puissante vigueur; telle est enfin l’efficacité de la vérité et de la morale enseignées par Jésus-Christ, que même le bien-être matériel des individus, de la famille et de la société humaine en reçoit providentiellement soutien et protection.

L’Eglise, tout en prêchant Jésus crucifié, scandale et folie pour le monde (5), est devenue la première inspiratrice et la promotrice de la civilisation. Elle l’a répandue partout où ont prêché ses apôtres, conservant et perfectionnant les bons éléments des antiques civilisations païennes, arrachant à la barbarie et élevant jusqu’à une forme de société civilisée les peuples nouveaux qui se réfugiaient dans son sein maternel, et donnant à la société entière, peu à peu sans doute, mais d’une marche sûre et toujours progressive, cette empreinte si caractéristique qu’encore aujourd’hui elle conserve partout.

La civilisation du monde est une civilisation chrétienne ; elle est d’autant plus vraie, plus durable, plus féconde en fruits précieux, qu’elle est plus nettement chrétienne ; d’autant plus décadente, pour le grand malheur de la société, qu’elle se soustrait davantage à l’idée chrétienne.

Aussi, par la force intrinsèque des choses, l’Eglise devient-elle encore en fait la gardienne et la protectrice de la civilisation chrétienne. Et ce fait fut reconnu et admis dans d’autres siècles de l’histoire; il forme encore le fondement inébranlable des législations civiles. Sur ce fait reposèrent les relations de l’Eglise et des Etats, la reconnaissance publique de l’autorité de l’Eglise dans toutes les matières qui touchent de quelque façon à la conscience, la subordination de toutes les lois de l’Etat aux divines lois de l’Evangile, l’accord des deux pouvoirs, civil et ecclésiastique, pour procurer le bien temporel des peuples de telle manière que le bien éternel n’en eût pas à souffrir.

Nous n’avons pas besoin de vous dire, Vénérables Frères, la prospérité et le bien-être, la paix et la concorde, la respectueuse soumission à l’autorité et l’excellent gouvernement qui s’établiraient et se maintiendraient dans ce monde si l’on pouvait réaliser partout le parfait idéal de la civilisation chrétienne. Mais, étant donnée la lutte continuelle de la chair contre l’Esprit, des ténèbres contre la lumière, de Satan contre Dieu, Nous ne pouvons espérer un si grand bien, au moins dans sa pleine mesure. De là, contre les pacifiques conquêtes de l’Eglise, d’incessantes attaques, d’autant plus douloureuses et funestes que la société humaine tend davantage à se gouverner d’après des principes opposés au concept chrétien et à se séparer entièrement de Dieu.

Ce n’est pas une raison pour perdre courage. L’Eglise sait que les portes de l’enfer ne prévaudront point contre elle ; mais elle sait aussi que dans ce monde elle trouvera l’oppression, que ses apôtres sont envoyés comme des agneaux au milieu des loups, que ses fidèles seront toujours couverts de haine et de mépris, comme fut rassasié de haine et de mépris son divin Fondateur. L’Eglise va néanmoins en avant sans crainte, et, tandis qu’elle étend le règne de Dieu dans les régions où il n’a pas encore été prêché, elle s’efforce par tous les moyens de réparer les pertes éprouvées dans le royaume déjà conquis.

Tout restaurer dans le Christ a toujours été la devise de l’Eglise, et c’est particulièrement la Nôtre, dans les temps périlleux que Nous traversons. Restaurer toutes choses, non d’une manière quelconque, mais dans le Christ; „ce qui est sur la terre et ce qui est dans le ciel en lui” (6), ajoute l’Apôtre; restaurer dans le Christ non seulement ce qui incombe directement à l’Église en vertu de sa divine mission qui est de conduire les âmes à Dieu, mais encore, comme Nous l’avons expliqué, ce qui découle spontanément de cette divine mission, la civilisation chrétienne dans l’ensemble de tous et de chacun des éléments qui la constituent.

Et pour Nous arrêter à cette seule dernière partie de la restauration désirée, vous voyez bien, Vénérables Frères, quel appui apportent à l’Eglise ces troupes choisies de catholiques qui se proposent précisément de réunir ensemble toutes leurs forces vives dans le but de combattre par tous les moyens justes et légaux la civilisation antichrétienne; réparer par tous les moyens les désordres si graves qui en dérivent ; replacer Jésus-Christ dans la famille, dans l’école, dans la société ; rétablir le principe de l’autorité humaine comme représentant celle de Dieu; prendre souverainement à cœur les intérêts du peuple et particulièrement ceux de la classe ouvrière et agricole, non seulement en inculquant au cœur de tous le principe religieux, seule source vraie de consolation dans les angoisses de la vie, mais en s’efforçant de sécher leurs larmes, d’adoucir leurs peines, d’améliorer leur condition économique par de sages mesures; s’employer, par conséquent, à rendre les lois publiques conformes à la justice, à corriger ou supprimer celles qui ne le sont pas; défendre enfin et soutenir avec un esprit vraiment catholique les droits de Dieu en toutes choses et les droits non moins sacrés de l’Eglise.

L’ensemble de toutes ces œuvres, dont les principaux soutiens et promoteurs sont des laïques catholiques, et dont la conception varie suivant les besoins propres de chaque nation et les circonstances particulières de chaque pays, constitue précisément ce que l’on a coutume de désigner par un terme spécial et assurément très noble : Action catholique ou Action des catholiques. Elle est toujours venue en aide à l’Eglise, et l’Eglise l’a toujours accueillie favorablement et bénie, bien qu’elle se soit diversement exercée selon les époques.

Et ici, il faut remarquer tout de suite qu’il est aujourd’hui impossible de rétablir sous la même forme toutes les institutions qui ont pu être utiles et même les seules efficaces dans les siècles passés, si nombreuses sont les modifications radicales que le cours des temps introduit dans la société et dans la vie publique, et si multiples les besoins nouveaux que les circonstances changeantes ne cessent de susciter. Mais l’Eglise, en sa longue histoire, a toujours et en toute occasion lumineusement démontré qu’elle possède une vertu merveilleuse d’adaptation aux conditions variables de la société civile : sans jamais porter atteinte à l’intégrité ou l’immutabilité de la foi, de la morale, et en sauvegardant toujours ses droits sacrés, elle se plie et s’accommode facilement, en tout ce qui est contingent et accidentel, aux vicissitudes des temps et aux nouvelles exigences de la société.

La piété, dit saint Paul, se prête à tout, possédant les promesses divines pour les biens de la vie présente comme pour ceux de la vie future : „Pietas autem ad omnia utilis est, promissionem habens vitæ, quæ nunc est et futuræ” (7). Et donc aussi, l’action catholique, tout en variant, quand il est opportun, ses formes extérieures et ses moyens d’action, reste toujours la même dans les principes qui la dirigent et le but très noble qu’elle poursuit. Et pour qu’en même temps elle soit vraiment efficace, il conviendra d’indiquer avec soin les conditions qu’elle exige elle-même si l’on considère bien sa nature et sa fin.

Avant tout, il faut être profondément convaincu que l’instrument est inutile s’il n’est approprié au travail que l’on veut exécuter. L’action catholique (comme il ressort jusqu’à l’évidence de ce qui vient d’être dit), se proposant de restaurer toutes choses dans le Christ, constitue un véritable apostolat à l’honneur et la gloire du Christ lui-même. Pour bien l’accomplir, il nous faut la grâce divine, et l’apôtre ne la reçoit point s’il n’est uni au Christ. C’est seulement quand nous aurons formé Jésus-Christ en nous que nous pourrons plus facilement le rendre aux familles, à la société. Tous ceux donc qui sont appelés à diriger ou qui se consacrent à promouvoir le mouvement catholique, doivent être des catholiques à toute épreuve, convaincus de leur foi, solidement instruits des choses de la religion, sincèrement soumis à l’Eglise et en particulier à cette suprême Chaire apostolique et au Vicaire de Jésus-Christ sur la terre; ils doivent être des hommes d’une piété véritable, de mâles vertus, de mœurs pures et d’une vie tellement sans tache qu’ils servent à tous d’exemple efficace.

Si l’esprit n’est pas ainsi réglé, il sera non seulement difficile de promouvoir les autres au bien, mais presque impossible d’agir avec une intention droite, et les forces manqueront pour supporter avec persévérance les ennuis qu’entraîne avec lui tout apostolat, les calomnies des adversaires, la froideur et le peu de concours des hommes de bien eux-mêmes, parfois enfin les jalousies des amis et des compagnons d’armes, excusables sans doute, étant donnée la faiblesse de la nature humaine, mais grandement préjudiciables et causes de discordes, de heurts et de querelles intestines. Seule, une vertu patiente et affermie dans le bien, et en même temps suave et délicate, est capable d’écarter ou de diminuer ces difficultés de façon que l’œuvre à laquelle sont consacrées les forces catholiques ne soit pas compromise. La volonté de Dieu, disait saint Pierre aux premiers chrétiens, est qu’en faisant le bien vous fermiez la bouche aux insensés : „Sic est voluntas Dei, ut bene facientes obmutescere faciatis imprudentium hominum ignorantiam” (8).

Il importe, en outre, de bien définir les œuvres pour lesquelles les forces catholiques se doivent dépenser avec toute énergie et constance. Ces œuvres doivent être d’une importance si évidente, répondre de telle sorte aux besoins de la société actuelle, s’adapter si bien aux intérêts moraux et matériels, surtout ceux du peuple et des classes déshéritées, que, tout en excitant la meilleure activité chez les promoteurs de l’action catholique pour les résultats importants et certains qu’elles font espérer d’elles-mêmes, elles soient aussi par tous facilement comprises et volontiers accueillies.

Précisément parce que les graves problèmes de la vie sociale d’aujourd’hui exigent une solution prompte et sûre, tout le monde a le plus vif intérêt à savoir et connaître les divers modes sous lesquels ces solutions se présentent en pratique. Les discussions dans un sens ou dans l’autre se multiplient de plus en plus et se répandent facilement au moyen de la presse. Il est donc souverainement nécessaire que l’action catholique saisisse le moment opportun, marche en avant avec courage, propose elle aussi sa solution et la fasse valoir par une propagande ferme, active, intelligente, disciplinée, capable de s’opposer directement à la propagande adverse.

La bonté et la justice des principes chrétiens, la droite morale que professent les catholiques, leur entier désintéressement pour ce qui leur est personnel, la franchise et la sincérité avec laquelle ils recherchent uniquement le vrai, le solide, le suprême bien d’autrui, enfin leur évidente aptitude à servir mieux encore que les autres les vrais intérêts économiques du peuple, tout cela ne peut manquer de faire impression sur l’esprit et le cœur de tous ceux qui les écoutent, d’en grossir les rangs de manière à faire d’eux un corps solide et compact, capable de résister vigoureusement au courant contraire et de tenir les adversaires en respect.

Ce besoin suprême, Notre prédécesseur Léon XIII, de sainte mémoire, le perçut pleinement en indiquant, surtout dans la mémorable Encyclique Rerum Novarum et dans d’autres documents postérieurs, l’objet autour duquel doit principalement se déployer l’action catholique, à savoir la solution pratique de la question sociale selon les principes chrétiens. Et Nous-même, suivant ces règles si sages, Nous avons, dans Notre Motu proprio du 18 décembre 1903, donné à l’action populaire chrétienne, qui comprend en elle tout le mouvement catholique social, une constitution fondamentale qui pût être comme la règle pratique du travail commun et le lien de la concorde et de la charité. Sur ce terrain donc, et dans ce but très saint et très nécessaire, doivent avant tout se grouper et s’affermir les œuvres catholiques, variées et multiples de forme, mais toutes également destinées à promouvoir efficacement le même bien social.

Mais pour que cette action sociale se maintienne et prospère avec la nécessaire cohésion des œuvres diverses qui la composent, il importe par-dessus tout que les catholiques observent entre eux une concorde exemplaire; et, par ailleurs, on ne l’obtiendra jamais s’il n’y a en tous unité de vues. Sur une telle nécessité il ne peut y avoir aucune sorte de doute, tant sont clairs et évidents les enseignements donnés par cette Chaire apostolique, tant est vive la lumière qu’ont répandue, sur ce sujet, par leurs écrits, les plus remarquables catholiques de tous les pays, tant est louable l’exemple – plusieurs fois proposé par Nous-même – des catholiques d’autres nations, qui, précisément par cette concorde et unité de vues, ont, en peu de temps, obtenu des fruits féconds et très consolants !

Pour assurer ce résultat, parmi les diverses œuvres également dignes d’éloge on a constaté ailleurs la singulière efficacité d’une institution de caractère général, qui, sous le nom d'”Union populaire”, est destinée à réunir les catholiques de toutes les classes sociales, mais spécialement les grandes masses du peuple, autour d’un centre unique et commun de doctrine, de propagande et d’organisation sociale.

Elle répond à un besoin également senti presque dans tous les pays; la simplicité de sa constitution résulte de la nature même des choses, qui se rencontre également partout; aussi ne peut-on dire qu’elle soit propre à une nation plutôt qu’à une autre, mais elle convient à toutes celles où se manifestent les mêmes besoins et surgissent les mêmes périls. Son caractère éminemment populaire la fait facilement aimer et accepter; elle ne trouble ni ne gêne aucune autre institution, mais elle donne plutôt aux autres institutions force et cohésion, car son organisation strictement personnelle pousse les individus à entrer dans les institutions particulières, les forme à un travail pratique et vraiment profitable, et unit tous les esprits dans une même pensée et une même volonté.

Ce centre social ainsi établi, toutes les autres institutions de caractère économique destinées à résoudre pratiquement et sous ses aspects variés le problème social se trouvent comme spontanément groupées ensemble pour le but général qui les unit; ce qui ne les empêche pas de prendre, suivant les divers besoins auxquels elles pourvoient, des formes diverses et des moyens d’action différents, comme le réclame le but particulier de chacune d’elles.

Et ici il Nous est fort agréable d’exprimer, avec Notre satisfaction pour le grand progrès qui sur ce point a déjà été fait en Italie, la ferme espérance que, Dieu aidant, on fera encore beaucoup plus à l’avenir en affermissant le bien obtenu et en l’étendant avec un zèle toujours croissant.

C’est cette ligne de conduite qui a mérité les plus grands éloges à l’Œ uvre des Congrès et Comités catholiques, grâce à l’activité intelligente des hommes excellents qui la dirigeaient et qui ont été préposés à ses diverses institutions particulières ou les dirigent encore actuellement.

C’est pourquoi, de même que, en vertu de Notre propre volonté, un pareil centre ou union d’œuvres de caractère économique a été expressément maintenu lors de la dissolution de la susdite Œ uvre des Congrès, ainsi il devra fonctionner encore dans l’avenir sous la diligente direction de ceux qui lui sont préposés.

En outre, pour que l’action catholique soit de tous points efficace, il ne suffit pas qu’elle soit proportionnée aux nécessités sociales actuelles ; il convient encore qu’elle soit mise en valeur par tous les moyens pratiques que lui fournissent aujourd’hui le progrès des études sociales et économiques, les expériences déjà faites ailleurs, les conditions de la société civile, la vie publique même des États.

Autrement l’on s’expose à marcher longtemps à tâtons, à la recherche de choses nouvelles et hasardées, alors que l’on en a sous la main de bonnes et certaines qui ont déjà fait excellemment leurs preuves; ou bien l’on court encore le danger de proposer des institutions et des méthodes qui convenaient peut-être à d’autres époques, mais qui aujourd’hui ne sont pas comprises par le peuple; on risque enfin de s’arrêter à mi-chemin parce qu’on n’use pas, même dans la mesure légitime, de ces droits de citoyen que les constitutions civiles modernes offrent à tous et par conséquent même aux catholiques.

Et, pour Nous arrêter à ce dernier point, il est certain que les constitutions actuelles des Etats donnent indistinctement à tous la faculté d’exercer une influence sur la chose publique, et les catholiques, tout en respectant les obligations imposées par la loi de Dieu et les prescriptions de l’Eglise, peuvent en user en toute sûreté de conscience pour se montrer, tout autant et même mieux que les autres, capables de coopérer au bien-être matériel et civil du peuple, et acquérir ainsi une autorité et une considération qui leur permettent aussi de défendre et de promouvoir les biens d’un ordre plus élevé, qui sont les biens de l’âme.

Ces droits civils sont multiples et de différente nature, jusqu’à celui de participer directement à la vie politique du pays par la représentation du peuple dans les Assemblées législatives. De très graves raisons Nous dissuadent, Vénérables Frères, de Nous écarter de la règle jadis établie par Notre Prédécesseur Pie IX, de sainte mémoire, et suivie ensuite, durant son long pontificat, par Notre autre Prédécesseur Léon XIII, de sainte mémoire; selon cette règle il reste en général interdit aux catholiques d’Italie de participer au pouvoir législatif.

Toutefois, d’autres raisons pareillement très graves, tirées du bien suprême de la société, qu’il faut sauver à tout prix, peuvent réclamer que dans des cas particuliers on dispense de la loi, spécialement dans le cas où Vous, Vénérables Frères, vous en reconnaissiez la stricte nécessité pour le bien des âmes et les intérêts suprêmes de vos Églises, et que vous en fassiez la demande.

Or, la possibilité de cette bienveillante concession de Notre part entraîne pour tous les catholiques le devoir de se préparer prudemment et sérieusement à la vie politique, pour le moment où ils y seraient appelés.

D’où il importe beaucoup que cette même activité, déjà louablement déployée par les catholiques pour se préparer, par une bonne organisation électorale, à la vie administrative des Communes et des Conseils provinciaux, s’étende encore à la préparation convenable et à l’organisation pour la vie politique, comme la recommandation en fut faite opportunément par la Présidence générale des Œ uvres économiques en Italie dans sa Circulaire du 3 décembre 1904.

En même temps, il faudra inculquer et suivre en pratique les principes élevés qui règlent la conscience de tout vrai catholique: il doit se souvenir avant tout d’être en toute circonstance et de se montrer vraiment catholique, assumant et exerçant les charges publiques avec la ferme et constante résolution de promouvoir autant qu’il le peut le bien social et économique de la patrie et particulièrement du peuple, suivant les principes de la civilisation nettement chrétienne, et de défendre en même temps les intérêts suprêmes de l’Eglise, qui sont ceux de la religion et de la justice.

Tels sont, Vénérables Frères, les caractères, l’objet et les conditions de l’action catholique considérée dans sa partie la plus importante, qui est la solution de la question sociale, et qui, à ce titre, mérite l’application la plus énergique et la plus constante de toutes les forces catholiques.

Cela n’exclut pas que l’on favorise et développe aussi d’autres œuvres de genre différent, d’organisation variée, mais qui visent toutes également tel ou tel bien particulier de la société et du peuple et une nouvelle efflorescence de la civilisation chrétienne, sous divers aspects déterminés.

Ces œuvres surgissent la plupart grâce au zèle de quelques particuliers, se répandent dans chaque diocèse, et quelquefois se groupent en fédérations plus étendues. Or, toutes les fois que le but en est louable, que les principes chrétiens sont fermement suivis et que les moyens employés sont justes, il faut les louer elles aussi et les encourager de toute façon.

Il faudra aussi leur laisser une certaine liberté d’organisation, car il n’est pas possible que là où plusieurs personnes se rencontrent elles se modèlent toutes sur le même type, ou se concentrent sous une direction unique. Quant à l’organisation, elle doit surgir spontanément des œuvres mêmes ; sinon l’on aurait des édifices de belle architecture mais privés de fondement réel, et partant tout à fait éphémères.

Il convient aussi de tenir compte du caractère de chaque population ; les usages, les tendances varient suivant les lieux. Ce qui importe, c’est que l’on édifie sur un bon fondement, avec de solides principes, avec zèle et constance ; et, si cela est obtenu, la manière et la forme que prennent les différentes œuvres sont et demeurent accidentelles.

Pour renouveler enfin et pour accroître la vigueur nécessaire dans toutes les œuvres catholiques indistinctement, pour offrir à leurs promoteurs et à leurs membres l’occasion de se voir et de se connaître mutuellement, de resserrer toujours plus étroitement entre eux les liens de la charité fraternelle, de s’animer les uns les autres d’un zèle toujours plus ardent à l’action efficace, et de pourvoir à une meilleure solidité et à une diffusion des œuvres mêmes, il sera d’une merveilleuse utilité d’organiser de temps en temps, selon les instructions déjà données par ce Saint-Siège apostolique, des Congrès généraux ou particuliers de catholiques italiens, qui doivent être la solennelle manifestation de la foi catholique et la fête commune de la concorde et de la paix.

Il Nous reste, Vénérables Frères, à traiter un autre point de la plus grande importance : les relations que toutes les œuvres de l’action catholique doivent avoir avec l’autorité ecclésiastique.

Si l’on considère bien les doctrines que Nous avons développées dans la première partie de Notre Lettre, l’on conclura facilement que toutes les œuvres qui viennent directement en aide au ministère spirituel et pastoral de l’Eglise, et qui par suite se proposent une fin religieuse visant directement le bien des âmes, doivent dans tous leurs détails être subordonnées à l’autorité de l’Eglise et, partant, également à l’autorité des évêques, établis par l’Esprit-Saint pour gouverner l’Eglise de Dieu dans les diocèses qui leur ont été assignés.

Mais, même les autres œuvres qui, comme Nous l’avons dit, sont principalement fondées pour restaurer et promouvoir dans le Christ la vraie civilisation chrétienne, et qui constituent, dans le sens donné plus haut, l’action catholique, ne peuvent nullement se concevoir indépendantes du conseil et de la haute direction de l’autorité ecclésiastique, d’autant plus d’ailleurs qu’elles doivent toutes se conformer aux principes de la doctrine et de la morale chrétiennes; il est bien moins possible encore de les concevoir en opposition plus ou moins ouverte avec cette même autorité.

Il est certain que de telles œuvres, étant donnée leur nature, doivent se mouvoir avec la liberté qui leur convient raisonnablement, puisque c’est sur elles-mêmes que retombe la responsabilité de leur action, surtout dans les affaires temporelles et économiques ainsi que dans celles de la vie publique, administrative ou politique, toutes choses étrangères au ministère purement spirituel. Mais puisque les catholiques portent toujours la bannière du Christ, par cela même ils portent la bannière de l’Eglise; et il est donc raisonnable qu’ils la reçoivent des mains de l’Eglise, que l’Eglise veille à ce que l’honneur en soit toujours sans tache, et qu’à l’action de cette vigilance maternelle les catholiques se soumettent en fils dociles et affectueux.

D’où il apparaît manifestement combien furent mal avisés ceux-là, peu nombreux à la vérité, qui, ici en Italie et sous Nos yeux, voulurent se charger d’une mission qu’ils n’avaient reçue ni de Nous ni d’aucun de nos Frères dans l’épiscopat, et qui se mirent à la remplir non seulement sans le respect dû à l’autorité, mais même en allant ouvertement contre ce qu’elle voulait, cherchant à légitimer leur désobéissance par de futiles distinctions. Ils disaient eux aussi, qu’ils levaient une bannière au nom du Christ ; mais une telle bannière ne pouvait pas être du Christ parce qu’elle ne portait point dans ses plis la doctrine du divin Rédempteur qui, encore ici, a son application : „Celui qui vous écoute, m’écoute; et celui qui vous méprise, me méprise” (9); „celui qui n’est pas avec moi, est contre moi, et celui qui n’amasse pas avec moi, dissipe” (10); doctrine donc d’humilité, de soumission, de filial respect.

Avec une extrême amertume de cœur Nous avons dû condamner une pareille tendance et arrêter avec autorité le mouvement pernicieux qui déjà se dessinait. Et Notre douleur était d’autant plus vive que Nous voyions imprudemment entraînés par une voix aussi fausse bon nombre de jeunes gens qui Nous sont très chers, dont beaucoup ont une intelligence d’élite, un zèle ardent, et qui sont capables d’opérer efficacement le bien pourvu qu’ils soient bien dirigés.

Et, pendant que Nous montrons à tous la ligne de conduite que doit suivre l’action catholique, Nous ne pouvons dissimuler, Vénérables Frères, le sérieux péril auquel la condition des temps expose aujourd’hui le clergé : c’est de donner une excessive importance aux intérêts matériels du peuple en négligeant les intérêts bien plus graves de son ministère sacré.

Le prêtre, élevé au-dessus des autres hommes pour remplir la mission qu’il tient de Dieu, doit se maintenir également au-dessus de tous les intérêts humains, de tous les conflits, de toutes les classes de la société. Son propre champ d’action est l’Eglise, où, ambassadeur de Dieu, il prêche la vérité et inculque, avec le respect des droits de Dieu, le respect aux droits de toutes les créatures. En agissant ainsi, il ne s’expose à aucune opposition, il n’apparaît pas homme de parti, soutien des uns, adversaire des autres ; et, pour éviter de heurter certaines tendances ou pour ne pas exciter sur beaucoup de sujets les esprits aigris, il ne se met pas dans le péril de dissimuler la vérité ou de la taire, manquant dans l’un et dans l’autre cas à ses devoirs; sans ajouter que, amené à traiter bien souvent de choses matérielles, il pourrait se trouver impliqué solidairement dans des obligations nuisibles à sa personne et à la dignité de son ministère. Il ne devra donc prendre part à des Associations de ce genre qu’après mûre délibération, d’accord avec son évêque, et dans les cas seulement où sa collaboration est à l’abri de tout danger et d’une évidente utilité.

On ne met pas, de cette façon, un frein à son zèle. Le véritable apôtre doit „se faire tout à tous, pour les sauver tous” (11) : comme autrefois le divin Rédempteur, il doit se sentir ému d’une profonde pitié en „contemplant les foules ainsi tourmentées, gisant comme des brebis sans pasteur” (12).

Que, par la propagande efficace de la presse, les exhortations vivantes de la parole, le concours direct dans les cas indiqués plus haut, chacun s’emploie donc à améliorer, dans les limites de la justice et de la charité, la condition économique du peuple en favorisant et propageant les institutions qui conduisent à ce résultat, celles surtout qui se proposent de bien discipliner les multitudes en les prémunissant contre la tyrannie envahissante du socialisme, et qui les sauvent à la fois de la ruine économique et de la désorganisation morale et religieuse. De cette façon, la participation du clergé aux œuvres de l’action catholique a un but hautement religieux ; elle ne sera jamais pour lui un obstacle, mais, au contraire, une aide dans son ministère spirituel, dont elle élargira le champ d’action et multipliera les fruits.

Voilà, Vénérables Frères, ce que Nous avions à cœur d’exposer et d’inculquer relativement à l’action catholique telle qu’il faut la soutenir et la promouvoir dans notre Italie.

Montrer le bien ne suffit pas ; il faut le réaliser dans la pratique. A cela aideront beaucoup vos encouragements et Nos exhortations paternelles et immédiates à bien faire. Les débuts pourront être humbles; pourvu que l’on commence réellement, la grâce divine les fera croître en peu de temps et prospérer. Que tous Nos fils chéris qui se dévouent à l’action catholique, écoutent à nouveau la parole qui jaillit si spontanément de Notre cœur. Au milieu des amertumes qui Nous environnent chaque jour, si Nous avons quelque consolation dans le Christ, s’il Nous vient quelque réconfort de votre charité, s’il y a communion d’esprit et compassion de cœur, vous dirons-Nous avec l’apôtre saint Paul (13), rendez complète Notre joie par votre concorde, votre charité mutuelle, votre unanimité de sentiments, l’humilité et la soumission due, en cherchant non pas l’intérêt propre mais le bien commun, et en faisant passer dans vos cœurs les sentiments mêmes qui étaient ceux de Jésus-Christ Notre Sauveur. Qu’il soit le principe de toutes vos entreprises: „Tout ce que vous dites ou faites, que tout soit au nom de Notre-Seigneur Jésus-Christ” (14), qu’il soit le terme de toute votre activité: „Que tout absolument soit de Lui, pour Lui, à Lui; à Lui gloire dans les siècles” (15) ! En ce jour, très heureux, qui rappelle le moment où les Apôtres, remplis de l’Esprit-Saint, sortirent du Cénacle pour prêcher au monde le règne du Christ, que descende pareillement sur vous tous la vertu du même Esprit; qu’Il adoucisse toute dureté, qu’Il réchauffe les âmes froides, et qu’Il remette dans les droits sentiers tout ce qui est dévoyé: „Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium”.

Comme signe de la faveur divine, et gage de Notre très spéciale affection, Nous vous accordons du fond du cœur, Vénérables Frères, à vous, à votre clergé et au peuple italien, la Bénédiction Apostolique.

Donné à Rome, près Saint-Pierre, en la fête de la Pentecôte, le 11 juin 1905, l’an II de Notre Pontificat.


NOTES

1. ” il fermo proposito ” en italien.

2. Eph. IV, 16

3. Eph. IV, 12.

4. Coloss. 1,10.

5. I. Cor. I, 23.

6. Ephes. I, 10.

7. I Tim. IV, 8.

8. I Petr. II, 15.

9. Luc. X, 16.

10. Ibid., XI, 23.

11. I. Cor. IX, 22.

12. Matth. IX, 36.

13. Philipp. II, I, 5.

14. Coloss. III, 17.

15. Rom. XI, 36.

Il Fermo Proposito

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IL FERMO PROPOSITO

ENCYCLICAL OF POPE PIUS X ON CATHOLIC ACTION IN ITALY
JUNE 11, 1905

To the Bishops of Italy.
Venerable Brethren, Health and the Apostolic Blessing.

The firm purpose and desire which We resolved upon at the beginning of Our Pontificate to consecrate all the energy which the good Lord deigns to grant Us in the work of restoring all things in Christ, reawakens in Our heart a great trust in the all powerful grace of God. Without that grace We can neither plan nor undertake anything great or fruitful for the good of souls here below. At the same time, however, We feel more than ever the need of being upheld unanimously and constantly in this venture both by you, Venerable Brethren, called to participate in Our pastoral office, as well as by all the clergy and faithful committed to your care. Truly, all of us in the Church are called to form that unique Body, whose Head is Christ; „closely joined,” as the Apostle Paul teaches, „and knit together through every joint of the system according to the functioning in due measure of each single part.”[1] In such a way the Body increases and gradually perfects itself in the bond of charity. Now, if in this work of „building up the body of Christ”[2] it is Our primary duty to teach, to point out the correct way to follow, to propose the means to be used, to admonish and paternally exhort, it is also the duty of Our beloved children, dispersed throughout the world, to heed Our words, to carry them out first of all in their own lives, and to aid in their effective fulfillment in others, each one according to the grace of God received, according to his state in life and duties, and according to the zeal which inflames his heart.

  1.   Here We wish to recall those numerous works of zeal for the good of the Church, society, and individuals under the general name of „Catholic Action,” which by the grace of God flourish throughout the world as well as in Our Italy. You well know, Venerable Brethren, how dear they are to Us and how fervently We long to see them strengthened and promoted. Not only have We spoken to not a few of you on many occasions as well as to their special representatives in Italy when they presented Us with the homage of their devotion and filial affection, but We have also published, or have had published by Our authority, various acts of which you already know. It is true that some of these, as the circumstances — truly sorrowful for Us — demanded, were directed at removing obstacles which hindered the progress of Catholic Action and caused great harm, by undisciplined tendencies, to the common good. For that reason We hesitated to offer a paternal word of comfort and encouragement to all throughout the world, in order that, only after We had removed as much as We possibly could all dangers throughout the world, the good would be able to increase and spread abroad. We are now, therefore, very happy to do so by this present letter in order to encourage everyone, for We are certain that Our words will be heard in a spirit of docility and obeyed by all.
  2.   The field of Catholic Action is extremely vast. In itself it does not exclude anything, in any manner, direct or indirect, which pertains to the divine mission of the Church. Accordingly one can plainly see how necessary it is for everyone to cooperate in such an important work, not only for the sanctification of his own soul, but also for the extension and increase of the Kingdom of God in individuals, families, and society; each one working according to his energy for the good of his neighbor by the propagation of revealed truth, by the exercise of Christian virtues, by the exercise of the corporal and spiritual works of mercy. Such is the conduct worthy of God to which Saint Paul exhorts us, so as to please Him in all things, bringing forth fruits of all good works, and increasing in the knowledge of God. „May you walk worthily of God and please him in all things, bearing fruit in every good work and growing in the knowledge of God.”[3]
  3.   Over and above spiritual goods, however, there are many goods of the natural order over which the Church has no direct mission, although they flow as a natural consequence from her divine mission. The light of Catholic revelation is of such a nature that it diffuses itself with the greatest brilliance on every science. The force of the evangelical counsels is so powerful that it strengthens and firmly establishes the precepts of the natural law. The fruitfulness of the doctrine and morality taught by Jesus Christ is so limitless that providentially it sustains and promotes the material welfare of the individual, the family, and society. The Church, even in preaching Jesus Christ crucified, „stumbling-block and foolishness to the world,” has become the foremost leader and protector of civilization. She brought it wherever her apostles preached. She preserved and protected the good elements of the ancient pagan civilizations, disentangling from barbarism and educating for a new civilization the peoples who flocked to her maternal bosom. She endowed every civilization, gradually, but with a certain and always progressive step, with that excellent mark which is today universally preserved. The civilization of the world is Christian. The more completely Christian it is, the more true, more lasting and more productive of genuine fruit it is. On the other hand, the further it draws away from the Christian ideal, the more seriously the social order is endangered. By the very nature of things, the Church has consequently become the guardian and protector of Christian society. That fact was universally recognized and admitted in other periods of history. In truth, it formed a solid foundation for civil legislation. On that very fact rested the relations between Church and State; the public recognition of the authority of the Church in those matters which touched upon conscience in any manner, the subordination of all the laws of the State to the Divine laws of the Gospel; the harmony of the two powers in securing the temporal welfare of the people in such a way that their eternal welfare did not suffer.
  4.   We have no need to tell you, Venerable Brethren, what prosperity and well-being, what peace and harmony, what respectful subjection to authority and what excellent government would be obtained and maintained in the world if one could see in practice the perfect ideal of Christian civilization. Granting, however, the continual battle of the flesh against the spirit, darkness against light, Satan against God, such cannot be hoped for, at least in all its fullness. Hence, raids are continually being made on the peaceful conquests of the Church. The sadness and pain these cause is accentuated by the fact that society tends more and more to be governed by principles opposed to that very Christian ideal, and is even in danger of completely falling away from God.
  5.   This fact, however, is no reason to lose courage. The Church well knows that the gates of hell will not prevail against her. Furthermore, she knows that she will be sorely afflicted; that her apostles are sent as lambs among wolves; that her followers will always bear the brunt of hatred and contempt, just as her Divine Founder received hatred and contempt. So the Church advances unafraid, spreading the Kingdom of God wherever she preaches and studying every possible means she can use in regaining the losses in the kingdom already conquered. „To restore all things in Christ” has always been the Church’s motto, and it is especially Our Own during these fearful moments through which we are now passing. „To restore all things” — not in any haphazard fashion, but „in Christ”; and the Apostle adds, „both those in the heavens and those on the earth.”[4] „To restore all things in Christ” includes not only what properly pertains to the divine mission of the Church, namely, leading souls to God, but also what We have already explained as flowing from that divine mission, namely, Christian civilization in each and every one of the elements composing it.
  6.   Since We particularly dwell on this last part of the desired restoration, you clearly see, Venerable Brethren, the services rendered to the Church by those chosen bands of Catholics who aim to unite all their forces in combating anti-Christian civilization by every just and lawful means. They use every means in repairing the serious disorders caused by it. They seek to restore Jesus Christ to the family, the school and society by re-establishing the principle that human authority represents the authority of God. They take to heart the interests of the people, especially those of the working and agricultural classes, not only by inculcating in the hearts of everybody a true religious spirit (the only true fount of consolation among the troubles of this life) but also by endeavoring to dry their tears, to alleviate their sufferings, and to improve their economic condition by wise measures. They strive, in a word, to make public laws conformable to justice and amend or suppress those which are not so. Finally, they defend and support in a true Catholic spirit the rights of God in all things and the no less sacred rights of the Church.
  7.   All these works, sustained and promoted chiefly by lay Catholics and whose form varies ac cording to the needs of each country, constitute what is generally known by a distinctive and surely a very noble name: „Catholic Action,” or the „Action of Catholics.” At all times it came to the aid of the Church, and the Church has always cherished and blessed such help, using it in many ways according to the exigencies of the age.
  8.   In passing it is well to remark that it is impossible today to re-establish under the same form all the institutions which have been useful and even the only effective ones in past centuries, so numerous the new needs which changing circumstances keep producing. But the Church in its long history and on every occasion has wisely shown that she possesses the marvelous power of adapting herself to the changing conditions of civil society. Thus, while preserving the integrity and immutability of faith and morals and upholding her sacred rights, she easily bends and accommodates herself to all the unessential and accidental circumstances belonging to various stages of civilization and to the new requirements of civil society.
  9.   „Godliness,” says Saint Paul, „is profitable in all respects, since it has the promise of the present life as well as of that which is to come.”[5] Even though Catholic Action changes in its external forms and in the means that it adapts, it always remains the same in the principles that direct it and the noble goal that it pursues. In order that Catholic Action may reach its goal, it is important to consider at this point the conditions it imposes, its nature and its goal.
  10.   Above all, one must be firmly convinced that the instrument is of little value if it is not adapted to the work at hand. In regard to the things We mentioned above, Catholic Action, inasmuch as it proposes to restore all things in Christ, constitutes a real apostolate for the honor and glory of Christ Himself. To carry it out right one must have divine grace, and the apostle receives it only if he is united to Christ. Only when he has formed Jesus Christ in himself shall he more easily be able to restore Him to the family and society. Therefore, all who are called upon to direct or dedicate themselves to the Catholic cause, must be sound Catholics, firm in faith, solidly instructed in religious matters, truly submissive to the Church and especially to this supreme Apostolic See and the Vicar of Jesus Christ. They must be men of real piety, of manly virtue, and of a life so chaste and fearless that they will be a guiding example to all others. If they are not so formed it will be difficult to arouse others to do good and practically impossible to act with a good intention. The strength needed to persevere in continually bearing the weariness of every true apostolate will fail. The calumnies of enemies, the coldness and frightfully little cooperation of even good men, sometimes even the jealousy of friends and fellow workers (excusable, undoubtedly, on account of the weakness of human nature, but also harmful and a cause of discord, offense and quarrels) — all these will weaken the apostle who lacks divine grace. Only virtue, patient and firm and at the same time mild and tender, can remove or diminish these difficulties in such a way that the works undertaken by Catholic forces will not be compromised. The will of God, Saint Peter wrote the early Christians, is that by your good works you silence the foolish. „For such is the will of God, that by doing good you should put to silence the ignorance of foolish men.”[6]
  11.   It is also important to define clearly the works which the Catholic forces must energetically and constantly undertake. These works must be of such evident importance that they will be appreciated by everybody. They must bear such a relation to the needs of modern society and be so well adapted to moral and material interests, especially those of the people and the poorer classes, that, while arousing in promoters of Catholic Action the greatest activity for obtaining the important and certain results which are to be looked for, they may also be readily understood and gladly welcomed by all. Since the serious problems of modern social life demand a prompt and definite solution, everyone is anxious to know and understand the different ways in which these solutions can be put into practice. Discussions of one kind or another are more and more numerous and rapidly published by the press. It is, therefore, of the greatest importance that Catholic Action seize the present moment and courageously propose its own solution, strengthening it by means of solid propaganda which at the same time will be active, intelligent, disciplined and organized against all erroneous doctrine. The goodness and justice of Christian principles, the true morality which Catholics profess, their evident unconcern for their own welfare while wishing nothing but the supreme good of others, and their open and sincere ability to foster better than all others the true economic interests of the people — these qualities cannot fail to make an impression on the minds and hearts of all who hear them, and to swell their ranks so as to form a strong and compact corps, capable of boldly resisting the opposing current and of commanding the respect of their enemies. 13. Our Predecessor, Leo XIII, of blessed memory, has pointed out, especially in that memorable encyclical „Rerum Novarum” and in later documents, the object to which Catholic Action should be particularly devoted, namely, „the practical solution of the social question according to Christian principles.” Following these wise rules, We Ourselves in Our motu proprio of December 18, 1903, concerning Popular Christian Action-which in itself embraces the whole Catholic social movement — We Ourselves have laid down fundamental principles which should serve as a practical rule of action as well as a bond of harmony and charity. On these documents, therefore and within their most holy and necessary scope, Catholic Action, although varied and multiple in form while directed toward the same social good, must be regulated and united.
  12.   In order that this social action may continue and prosper by a necessary union of the various activities comprising it, Catholics above all must preserve a spirit of peace and harmony which can come only from a unity in understanding. On this point there cannot exist the least shadow or peradventure of a doubt, so clear and obvious are the teachings handed down by this Apostolic See, so brilliant is the light which most illustrious Catholics of every country have spread by their writings, so praiseworthy is the example of Catholics of other countries who, because of this harmony and unity of understanding, in a short time have reaped an abundant harvest.
  13.   To arrive at this end, in some places several of these praiseworthy works have called into being an institution of a general character which goes by the name of the „Popular Union.” Experience has shown that this has been most effective. The purpose of the Popular Union has been to gather all Catholics, and especially the masses, around a common center of doctrine, propaganda, and social organization. Since, in fact, it answers a need felt in almost every country and its constitution is founded upon the very nature of things, it cannot be said to belong any more to one nation than another, but is suitable to every place where the same needs are present and the same dangers arise. Its extremely popular character causes it to be most desirable and acceptable. It neither disturbs nor hinders the work of existing institutions but, on the contrary, increases their strength and efficiency. Because of its strictly personal organization, it spurs individuals to enter particular institutions, training them to perform practical and useful work, and uniting them all together in one common aim and desire.
  14.   Once the social center is thus established, all other institutions of an economic character concerned in various ways with the social problem will find themselves spontaneously united by their common end. At the same time, however, they will preserve their own individual structure, and in providing various needs they will still remain within the boundaries which their sphere of influence demands. At this point We are pleased to express Our satisfaction with the great good which in this regard has already been accomplished in Italy, and We feel certain that, with the help of God, much more will be done by this kind of zeal in the future to strengthen and increase the good already accomplished. The work of the Catholic Congresses and Committees is of singular merit, thanks to the intelligent activity of those capable men who plan and direct them. Such economic centers and unions, however, as We have previously stated at the end of the above-mentioned Congresses, must continue to carry on in the same way and under the same expert direction.
  15.   For Catholic Action to be most effective it is not enough that it adapt itself to social needs only. It must also employ all those practical means which the findings of social and economic studies place in its hands. It must profit from the experience gained elsewhere. It must be vitally aware of the conditions of civil society, and the public life of states. Otherwise it runs the risk of wasting time in searching for novelties and hazardous theories while overlooking the good, safe and tried means at hand. Again, perhaps it may propose institutions and methods belonging to other times but no longer understood by the people of the present day. Or, finally, it may go only half way, failing to use, in the measure in which they are granted, those civil rights which modern constitutions today offer all, and therefore also Catholics. In particular, the present constitution of states offers indiscriminately to all the right to influence public opinion, and Catholics, with due respect for the obligations imposed by the law of God and the precepts of the Church, can certainly use this to their advantage. In such a way they can prove themselves as capable as others (in fact, more capable than others) by cooperating in the material and civil welfare of the people. In so doing they shall acquire that authority and prestige which will make them capable of defending and promoting a higher good, namely, that of the soul.
  16.   These civil rights are of various kinds, even to the extent of directly participating in the political life of the country by representing the people in the legislative halls. Most serious reasons, however, dissuade Us, Venerable Brethren, from departing from that norm which Our Predecessor, Leo XIII, of blessed memory, decreed during his Pontificate. According to his decree it was universally forbidden in Italy for Catholics to participate in the legislative power. Other reasons equally grave, however, founded upon the supreme good of society which must be preserved at all costs demand that in particular cases a dispensation from the law be granted especially when you, Venerable Brethren, recognize the strict necessity of it for the good of souls and the interest of your churches, and you request such a dispensation.
  17.   This concession places a duty on all Catholics to prepare themselves prudently and seriously for political life in case they may be called to it. Hence it is of the utmost importance that the same activity (previously so praiseworthily planned by Catholics for the purpose of preparing themselves by means of good electoral organization for the administrative life of common and provincial councils) be extended to a suitable preparation and organization for political life. This was already recommended by the Circular of December 3, 1904, issued by the general Presidency of Economic Works in Italy. At the same time the other principles which regulate the conscience of every true Catholic must be inculcated and put into practice. Above all else he must remember to be and to act in every circumstance as a true Catholic, accepting and fulfilling public offices with the firm and constant resolution of promoting by every means the social and economic welfare of the country and particularly of the people, according to the maxims of a truly Christian civilization, and at the same time defending the supreme interests of the Church, which are those of religion and justice.
  18.   Such, Venerable Brethren, are the characteristics, the aim and conditions of Catholic Action, considered in its most important function, namely, the solution of the social question. For that reason it demands the most energetic attention of all the Catholic forces. By no means, however, does this exclude the existence of other activities nor does it mean that other organizations should not flourish and be promoted, for each one is directed to different particular goods of society and of the people. All are united in the work of restoring Christian civilization under its various aspects. These works, rising out of the zeal of particular persons, spreading throughout many dioceses, are sometimes grouped into federations. Since the end they foster is praiseworthy, the Christian principles they follow solid, and the means they adopt just, they are to be praised and encouraged in every way. At the same time, they must be permitted a certain freedom of organization (since it is impossible for so many people to be formed in the same mold and placed under the same direction). Organization, therefore, must arise spontaneously from the works themselves, otherwise it will only be an ephemeral building of fine architecture, but lacking a solid foundation and therefore quite unstable. Particular characteristics of different people must also be taken into consideration. Different uses, different tendencies are found in different places. It is of primary importance that the work be built on a good foundation of solid principles and maintained with earnestness and constancy. If this is the case, the method used and the form the various works take will be accidental.
  19.   In order to renew and increase in all the Catholic works necessary enthusiasm; in order to offer an occasion for the promoters and members of these works to see each other and become better acquainted; in order to strengthen the bond of charity, to inspire one another with a great zeal for fruitful activity, and to provide for the greater solidity and propagation of the works themselves, it will be very useful from time to time to hold general and particular Congresses of Italian Catholics, according to the norms already laid down by this Holy See. These Congresses, however, must be a solemn manifestation of the Catholic Faith and a festival of mutual harmony and peace.
  20.   We must touch, Venerable Brethren, on another point of extreme importance, namely, the relation of all the works of Catholic Action to ecclesiastical authority. If the teachings unfolded in the first part of this letter are thoughtfully considered it will be readily seen that all those works which directly come to the aid of the spiritual and pastoral ministry of the Church and which labor religiously for the good of souls must in every least thing be subordinated to the authority of the Church and also to the authority of the Bishops placed by the Holy Spirit to rule the Church of God in the dioceses assigned to them. Moreover, the other works which, as We have said, are primarily designed for the restoration and promotion of true Christian civilization and which, as explained above, constitute Catholic Action, by no means may be considered as independent of the counsel and direction of ecclesiastical authority, especially since they must all conform to the principles of Christian faith and morality. At the same time it is impossible to imagine them as in opposition, more or less openly, to that same authority. Such works, however, by their very nature, should be directed with a reasonable degree of freedom, since responsible action is especially theirs in the temporal and economic affairs as well as in those matters of public administration and political life. These affairs are alien to the purely spiritual ministry. Since Catholics, on the other hand, are to raise always the banner of Christ, by that very fact they also raise the banner of the Church. Thus it is no more than right that they receive it from the hands of the Church, that the Church guard its immaculate honor, and that Catholics submit as docile, loving children to this maternal vigilance.
  21.   For these reasons it is evident how terribly wrong those few were who in Italy, and under Our very eyes, wanted to undertake a mission which they received neither from Us nor from any of Our Brethren in the episcopate. They promoted it not only without due homage to authority but even openly against the will of that authority, seeking to rationalize their disobedience by foolish distinctions. They said that they were undertaking their cause in the name of Christ; but such a cause could not be Christ’s since it was not built on the doctrine of the Divine Redeemer. How truly these words apply: „He who hears you, hears me; and he who rejects you, rejects me.”[7] „He who is not with me is against me; and he who does not gather with me scatters.”[8] This is a doctrine of humility, submission, filial respect. With extreme regret We had to condemn this tendency and halt by Our authority this pernicious movement which was rapidly gaining momentum. Our sorrow was increased when We saw many young people of excellent character and fervent zeal and capable of performing much good if properly directed, and who are also very dear to Us, carelessly attracted to such an erroneous program.
  22.   While pointing out the true nature of Catholic Action, Venerable Brethren, We cannot minimize the grave danger to which the clergy may find themselves exposed because of the conditions of the time. They may attach such importance to the material interests of the people that they will forget those more important duties of the sacred ministry.
  23.   The priest, raised above all men in order to accomplish the mission he has from God, must also remain above all human interests, all conflicts, all classes of society. His proper field of action is the Church. There, as ambassador of God, he preaches the truth, teaching along with respect for the rights of God respect also for the rights of every creature. In such a work he neither exposes himself to any opposition nor appears as a man of factions, ally to one group and adversary to others. In such a way he will not place himself in the danger of dissimulating the truth, of keeping silence in the conflict of certain tendencies, or of irritating exasperated souls by repeated arguments. In all these cases he would fail in his real duty. It is unnecessary to add that while treating so often of material affairs he may find himself obligated to perform tasks harmful to himself and to the dignity of his office. He may take part in these associations, therefore, only after mature deliberation, with the consent of his Bishop, and then only in those cases when his assistance will be free from every danger and will be obviously useful.
  24.   This does-not diminish his zeal. The true apostle must make himself „all things to all men”[9] in order to save all. Like the Divine Redeemer, he ought to be moved with compassion, „seeing the crowds . . . bewildered and dejected, like sheep without a shepherd.”[10] By means of the printed and spoken word, by direct participation in the above-mentioned cases, he can labor on behalf of the people according to the principles of justice and charity by favoring and promoting those institutions which propose to protect the masses from the invasion of Socialism, saving them at the same time from both economic ruin and moral and religious chaos. In this way the assistance of the clergy in the works of Catholic Action has a truly religious purpose. It will then not be a hindrance, but rather a help, to the spiritual ministry by enlarging its sphere and multiplying its results.
  25.   You see now, Venerable Brethren, how much We have desired to explain and inculcate these principles concerning Catholic Action which is to be sustained and promoted in Italy. It is not sufficient to point out the good; it also must be put into practice. Your own exhortations and paternal interest will render an inestimable service to the cause. Although the beginnings are humble, as is the case in all beginnings, divine grace will cause it to grow and prosper in a short time. All Our children who dedicate themselves to Catholic Action should once again listen to the advice which arises so spontaneously from Our heart. Amid the bitter sorrows which daily surround Us, We will say with Saint Paul, „if . . . there is any comfort in Christ, any encouragement from charity, any fellowship in the Spirit, any feelings of mercy, fill up my joy by thinking alike, having the same charity, with one soul and one mind. Do nothing out of contentiousness or out of vainglory, but in humility let each one regard the others as his superiors, each one looking not to his own interests but to those of others. Have this mind in you which was also in Christ Jesus.”[11] Let Him be the beginning of all your undertakings: „Whatever you do in word or in work, do all in the name of the Lord Jesus Christ.”[12] Let Him be the end of your every word: „For from him and through him and unto him are all things. To him be the glory forever.”[13] On this day which is so reminiscent of that when the Apostles, full of the Holy Spirit, went out of the Cenacle to preach to the world the Kingdom of Christ, may the power of that same Spirit descend upon all of you. „May He bend whatever is rigid, inflame whatever has grown cold, and bring back whatever has gone astray.”[14] 28. May the Apostolic Blessing which We impart from the bottom of Our heart to you, Venerable Brethren, and your clergy and the Italian people, be a sign of divine favor and a pledge of Our very special affection.
  26.   Given at Saint Peter’s, Rome, on the Feast of Pentecost, June 11, 1905, the second year of Our Pontificate.

ENDNOTES

  1.   Eph. 4:16.
  2.   Eph. 4:12.
  3.   Col. 1:10.
  4.   Eph. 1:10.
  5.   I Tim. 4:8.
  6.   I Pet. 2:15.
  7.   Luke 10:16.
  8.   Luke 11:23.
  9.   I Cor. 9:22.
  10.   Matt. 9:36.
  11.   Phil. 2:1-5.
  12.   Col. 3:17.
  13.   Rom. 11:36.
  14.   „Veni Sancte Spiritus,” Sequence of the Mass of Pentecost.